El viento nos llevará

OnceUponaTimeinHollywoodMusso&Frank

Once upon a time… in Hollywood (Quentin Tarantino, 2019)

¿Qué se puede esperar de un enfant terrible cuando envejece? En principio nada bueno, pero como poco, confiamos en poder seguir agradeciéndole su capacidad para recordarnos lo aburridos y estirados (de jóvenes, y no digamos ya de viejos) que siempre fuimos. Todo eso, además de no tomarse nada en serio el caro -y, ¡oooohhhh!, artístico- juguete que tiene entre manos, puede que nos acabe dibujando una alargada sonrisa de anticipación en el rostro. En efecto, con Tarantino sabemos con absoluta certeza que se va a jugar y que, si nos gusta jugar y aún tenemos redención posible, nos vamos a divertir un rato.

Once upon a time… in Hollywood es una curiosa, y por momentos enternecedora (casi como esos maravillosos fellinis tardíos), pièce de résistence. Tarantino aprieta los dientes y resiste con obstinación entre las brumas de una memoria bastarda que se funde con el deseo del niño grande envejecido que mezcla el recuerdo con la pura invención nostálgica, gamberra, loca, romántica. Tarantino, como Fellini, como Coppola en One from the heart  (1982), nos lleva a un universo que sólo existe en su cabeza, en este caso, a un Hollywood absolutamente irreal que bien podría haber sido recreado enteramente en estudio para subrayar aún más su pátina de artificio y representación, de pura ensoñación.

El carácter episódico y, salvo al final, totalmente intranscendente, de las andanzas de sus dos aventureros de medio pelo (el lumpenproletariado de Hollywood), evita obstinadamente el centro del escenario para adentrase en las callejuelas de la historia, en las alcantarillas del mito, sin necesitar hacer hincapié en la sordidez de la decadencia de las estrellas, lo cual siempre es de agradecer. Tarantino se gasta un dineral (y casi tres horas de película) para casi ‘no contarnos nada importante’, excepto los tiempos muertos de la vida (esos por los que siempre se escapa y donde siempre se esconde), esas pequeñas anécdotas intrascendentes, y en no pocos casos estúpidas, que pondrán de los nervios a los que se siguen tomando demasiado en serio el cine, la autoría del gran cineasta, Hollywood, la vida, etc.

No, en Once upon a time… in Hollywood no hay ningún gran retrato del Hollywood dorado (o barnizado), tampoco del paso del viejo Hollywood al nuevo, de la decadencia de tal o cual star, de la vida privada de Roman Polanski y Sharon Tate, no, no hay sociología ni toneladas de psicología… ¡qué decepción para algun@s (jajaja)! Sin embargo, si se la mira con atención, pasan, muy despacito y de puntillas, algunas cosas, siempre muy hermosas de ver y escuchar, por ejemplo, asistir a cómo Tarantino, que se hace mayor, comienza a filmar a las mujeres jóvenes como un padre, como si esperara de estas alguna especie de redención para sus protagonistas, como si su simple cercanía pudiera contagiarlos a ellos de juventud, de belleza, de pureza, de esperanza, de ilusión; nunca antes la pulsión sexual estuvo tan ausente en su cine. Ese rayo invisible, casi imposible de filmar, esa transferencia, ese nacimiento de un anhelo que se creía muerto, está ahí, desafiante, orgulloso, altivo, incólume, entre los cubos de basura de esa belleza/fealdad de usar y tirar con la que siempre le gustó a Hollywood mercadear y manosear.

Y si Once upon a time… in Hollywood no resulta tan poderosamente genial como las otras grandes obras maestras de Tarantino (Death proof  y Kill Bill: Vol. 1) es precisamente porque con la frenada, su última película pierde esa colosal energía cinética que mantenía a los títulos citados en una apasionante carrera suicida (no tan alejada de la de, por ejemplo, Two-lane blacktop de Monte Hellman) en permanente estado de combustión, de aceleración, de manifestación de las posibilidades del cinematógrafo para registrar no sólo el movimiento sino también la trepidación (interna y externa), fuera esta en una interminable serie de duelos de katanas o en la tensión de los brazos de una especialista-actriz agarrada, sin trampa ni cartón, al capó de un coche camino al infierno. El gesto está ahí, Kurt Russell (o Charles Manson) sigue mirando a cámara, sonriendo y guiñándonos un ojo, anunciándonos a los espectadores que la matará, pero Tarantino parece estar ya en otra cosa, en otro momento, ahora quiere salvar a sus chicas (ya lo hacía un poco en la segunda parte de Death proof), como si fuera consciente de que salvándolas a ellas se salva también él, como si, a través de esa varita mágica que es el cine, pudiera reescribir la historia para darnos una segunda oportunidad a todos de recuperar lo que perdimos, que no fue precisamente poco.

Pero aún quedan destellos de esa increíble fuerza cinética en Once upon a time… in Hollywood (que deja escapar vivo el último tercer acto, envidia del magistral ejercicio desplegado en Inglourious basterds), son pocos, pero perduran en la asombrosa filmación de un paseo en coche descapotable, al atardecer, por las colinas de Hollywood, donde se siente el viento en la cara y la fascinación de habitar un sueño; o en una cabalgada por el simple placer de filmar el movimiento del caballo y ver cómo recorre x espacio en x tiempo/s (la rueda en varios planos) sin que ello aporte absolutamente nada (¡bendita sea!) a la trama argumental. También en la frenada, en cómo Tarantino detiene el tiempo, hay algunas pepitas de oro, por ejemplo, al ver a Pitt subido a un tejado, parándose en medio de una acción, a mirar, a pensar, a quitarse la camiseta, a detener el relato en ese instante único que nunca más se repetirá.

Y luego está la diversión, las bromas, los chistes privados entre amigos (sean en la trama de la película, en la propia filmación o con la complicidad de los espectadores, como buen cineasta posmoderno). La película los tiene hilarantes, sean a costa de Jack Nicholson, el cartel de The Shining (1980) o su estilo interpretativo; de una confusión padre-hijo con Di Caprio, Pitt y Pacino; de una comida para perros con sabor a mapache o a rata; de Sam Wanamaker; de Dennis Hooper y Easy rider (1969); de la presentaciones fumadoras de Rod Serling en The Twilight zone; o de algunas miserables series de televisión que se degustaban, las más de las veces, desde fuera, en la intimidad, con un colega, una cerveza y una buena ristra de carcajadas ante la certidumbre de la mierda en la que se estaba trabajando y viviendo; y las menos, desde dentro, con tan sólo una niña, actriz, y futuro juguete roto, precoz, como único testigo de la amarga desesperación por nuestra imparable decadencia artística y vital.

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