La turbina posmoderna

passion

Passion (Brian De Palma, 2012)

Ahora que la industria cinematográfica norteamericana parece haber dado la espalda definitivamente a Brian De Palma, el placer de seguir disfrutando de su cine se ha transformado en un intrincado e impaciente proceso de búsqueda que ha dejado atrás una larga espera de casi diez meses, y que ha convertido la visibilidad de su última cinta, Passion (2012), en un camino tan accidentado como el que a menudo aguarda a los grandes tapados del cine de autor europeo y periférico. Tras su pase por el Festival de Venecia el 7 de septiembre de 2012, Passion, de producción franco-alemana, fue vista en los festivales de Nueva York y Toronto durante ese mismo mes, para desaparecer luego hasta su première en cines franceses y belgas el 13 de febrero de este año. Reaparecida a lo largo del invierno y la primavera en salas comerciales de pocos países, su edición sueca y francesa en DVD y BD este mes de junio -en USA se estrenará en cines a finales de agosto- ha permitido la completa visibilidad internacional de la última obra maestra del autor de Femme Fatale (2002), especialmente para quienes vivimos en países donde probablemente Passion nunca llegue a tener un estreno normalizado.

En un mundo donde algunas momias neoclásicas o posclásicas reciben premios y son aplaudidas por quienes no se han enterado de nada de lo que ha pasado en el cine en los últimos sesenta años, los juegos posmodernos de Brian De Palma seguirán provocando las mismas risitas nerviosas y apelaciones a la comicidad involuntaria con que la retaguardia crítica despachó la magistral La piel que habito (Pedro Almodóvar, 2011). Y no es gratuito ni caprichoso invocar aquí la penúltima película de nuestro manchego más internacional, ya que esa evidente depalmanización del cine de Almodóvar -tendencia lógica en el proceso evolutivo del autor de Todo sobre mi madre (1999)-, no podía pasársele por alto al maestro de Nueva Jersey, que en Passion toma prestado a José Luis Alcaine (director de fotografía habitual de Almodóvar), para prolongar su galería de irresistibles chicas malas y sofisticados bailes de máscaras, en los que la partitura recurrente es el dominio y la manipulación.

A menudo me pregunto de dónde proviene el subidón que provoca el cine de De Palma, ese subidón que a veces te llevaría incluso a levantarte y aplaudir al final de muchas de sus celebradas y justamente famosas set-pieces. Es una mezcla extraña entre el Hitch de Frenesí (Frenzy, 1972), La ventana indiscreta (Rear window, 1959) o Vértigo (Vertigo, 1958) y el Antonioni de Blowup (1966), con algo de cine porno softcore y unas gotitas de El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, Michael Powell, 1960). Todo ello termina alumbrando un híbrido impuro y bastardo cuya lúdica excepcionalidad viene marcada tanto por la naturaleza herética de la propuesta como por la brillantez narrativa y formal con que De Palma mezcla, cita, subvierte y pervierte sus venerables precedentes. El pastiche como gran generador, como turbina que mantiene en movimiento la(s) historia(s) del cine en una bobina interminable donde a veces se establecen mágicos reflejos, extrañas asociaciones entre imágenes, en principio alejadas, pero cuya secreta genealogía las acaba aproximando. Esa necesidad de herejes de la que hablaba Fernando Ganzo en su brillante crítica de Holy Motors (Léos Carax, 2012) para la revista Lumière, vale también para referirse al cine de De Palma, el último hereje que le quedaba a la industria norteamericana; y probablemente la única manera de poder acercarse hoy al cine de género sin tener la desagradable sensación de estar contemplando un osario o recorriendo un panteón.

Me gusta pensar en Passionremake del filme de Corneau Crime d’amour, al que De Palma viola con furia- como un díptico junto a La piel que habito; se podría decir que lejos de su parecido argumental, que no es tal, hay entre ellas una verdadera relación orgánica y orgásmica, unas afinidades electivas, un diálogo fluido que tiene algo de correspondencia filmada entre dos amigos, entre dos cineastas próximos, al modo Kramer-Dwoskin o Erice-Kiarostami. Sin pretender dedicarme a una fatigosa y estéril búsqueda de rimas entre ambos filmes, señalaré sencillamente esa capacidad natural que ambas comparten para deslizarse en el mundo líquido de los sueños. En el caso De Palma sus habituales estructuras alambicadas son como muñecas rusas que tan sólo con un corte de montaje van revelando distintos niveles, diferentes estratos donde los desequilibrios se adueñan de los personajes y del plano, huellas formales que siempre permiten, a aquellos que van al cine a fijarse en las imágenes además de en la historia que les están contado, seguir las pistas y evitar sentirse estafados y/o sorprendidos por esos giros de la trama o golpes de efecto.

Historia de ambición y poder, catálogo de mecanismos de seducción y dominación, la última obra del verdadero genio de los golden boys norteamericanos de los setenta, arranca como falsa dupla femenina de conquista del mundo empresarial, dominado por el hombre, a golpe de imaginación, inteligencia y sexo. Ese señuelo que nos puede llevar a pensar en Choses secrètes (Jean-Claude Brisseau, 2002) -obviamente más en la temática que en las formas- se resquebraja cuando la lucha por el poder convierte la frágil alianza entre las dos mujeres en una rivalidad feroz tanto en lo profesional como en lo sentimental. Los hombres son aquí, como en el cine de Sternberg, meros peleles en la sombra, manipulados y utilizados -recordemos el personaje de Banderas en Femme fatale-, hasta el punto de que incluso cuando son deseados, lo son por la pulsión de arrebatar a la rival una de sus preciadas posesiones más que por su verdadero valor como sujetos/objetos amables. Declarada la guerra e iniciadas las primeras hostilidades, que sirven además como válvula de escape a la creciente atracción lésbica entre las protagonistas, Passion es un De Palma puro y exultante [split screen; lentes bifocales; largos plano-secuencia, cfr. el spot del teléfono móvil en el bolsillo de atrás de los vaqueros ajustados, que como en la genial Redacted (2007), sirve a De Palma para jugar a borrarse como autor en este nuevo mundo de invisibles cámaras pequeñas; etc.] que continúa justo allí donde Femme fatale lo había dejado; no olvidemos que su cine funciona por parejas: Fascinación (Obsession, 1976) o Impacto (Blow Out, 1981)/Doble cuerpo (Body double, 1984), El precio del poder (Scarface, 1983)/Atrapado por su pasado (Carlito’s way, 1993), Corazones de hierro (Casualties of war, 1989)/Redacted, Misión imposible (Mission: Impossible, 1996)/Misión a Marte (Mission to Mars, 2000), etc.

Esta vez, como en Femme fatale y a diferencia de La dalia negra (The Black Dahlia, 2006), De Palma no se equivoca en la elección de sus actrices, y una inconmensurable Rachel McAdams, acompañada de Noomi Rapace, hace que no añoremos a Rebecca Romijn Stamos en el papel de esa mujer a la que nunca deberíamos dar la espalda. Chicas guapas, cuerpos en movimiento, giros y curvas, el cine de De Palma sigue teniendo mucho de mágico, no de simple truco, sino de puro ilusionismo, de juguete, de atracción de barraca, de celebración de las posibilidades festivas y asombrosas de un invento centenario que los herejes siempre se resistieron a someter a la pacatería biempensante de un patio de butacas.

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