El oficio social de ser mujer

Working girls (Lizzie Borden, 1986)

Esta entrada, dedicada a la mejor película de Lizzie Borden (y a la mejor cineasta de su generación), puede entenderse como el lógico epílogo al par de artículos anteriores titulados ‘La generación perdida’, que repasaba las carreras de un grupo de directoras norteamericanas cuyas obras más representativas se encuadran en la década de los años 80. La película de Borden solo había conocido hasta ahora mediocres ediciones, por lo que la reciente restauración en 4k y lanzamiento en USA en Bluray a cargo de Criterion supone la perfecta, e innecesaria, excusa para volver a ella y cerrar así el capítulo dedicado a ese grupo de mujeres que, en la mayoría de los casos desde la periferia e independencia industrial, aportó una voz alternativa al (masculino) cine de Hollywood de aquellos años.

Nada tiene que ver la película de Borden, y ahí queda el aviso para los despistados, con el lamentable film, del mismo título, dirigido por Mike Nichols en 1988 y protagonizado por Melanie Griffith, Sigourney Weaver y Harrison Ford. No en vano, entre una y otra película, a la que solo dos años separan, y cuyos temas de fondo guardan ciertas concomitancias, se sitúa todo el insondable abismo que separa dos formas rotundamente antitéticas de entender el cinematógrafo y de posicionarse en el decurso de la historia del cine norteamericano; además de, lógicamente, situarse en el arco político y comprender los movimientos sociales de su tiempo. Una, la de Nichols, pertenece al mundo de lo visible, de lo decible, de lo tranquilizador, de lo burguesamente filmable, la otra, por el contrario, pertenece al universo de lo que se quiere que permanezca invisible, indecible y de lo que es muy complicado traducir en imágenes que eviten el morbo y la explotación del cuerpo femenino para complacencia de la mirada voyeur masculina.

Lizzie Borden tiene, en su corta carrera, dos películas por las que merece ocupar un lugar en las páginas doradas de la Historia del cine norteamericano invisible: la que nos ocupa y Born in flames (1983). Ambas —a pesar de que Born in flames no llegue a la cumbre que supone Working girls—  son de ese tipo de obras en las que lo cinematográfico y lo político se engarzan magistralmente para construir el ariete perfecto contra los prejuicios de la pupila y el cerebro machistas y reaccionarios. Una en clave reflexiva, intimista e introspectiva, la otra en clave agitprop y extrovertida.

Si hubiera que situar Working girls al lado de algo, probablemente sería al lado de Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles (Chantal Akerman, 1975). Es interesante hacer este salto porque nos obliga a establecer una vinculación estrictamente cinematográfica —y política: la política cinematográfica y la ideología política—  en vez de perdernos pensando que su país, o su año de producción, nos van a aportar una información más valiosa que su estilo y la construcción de sus imágenes. Su tema, la prostitución, establece otro vínculo entre las películas de Borden y Akerman, pero podría ser un vínculo engañoso; los parentescos temáticos entre las películas, a menudo leídos y utilizados superficialmente por críticos perezosos y ciegos a la puesta en escena, pueden convertirse en trampas y señuelos para evitar precisamente hablar de lo importante: el estilo de la obra, la arquitectura formal del film.

Si buscamos un parentesco temático, que anude lo político, más que la prostitución explícita podríamos pensar en ‘el oficio social de ser mujer’ o, si lo prefieren, ‘lo que la sociedad impone a la mujer’, y aquí entraría desde lavar ropa, hacer comida, limpiar la casa, hacer la compra o lavar culos ajenos hasta acostarse con un hombre por dinero (o sin dinero para darle un hijo) para prestarse a interpretar y satisfacer las fantasías sexuales de este.

Sigamos desgranando ese hilo temático que conecta ambas obras aunque, como decía líneas más arriba, nos vaya a servir únicamente para levantar una primera capa bajo la que descansan las formas cinematográficas que son las que dotan de sentido a las ideas. En ambas películas mujeres muy alejadas del estereotipo de prostituta —una ama de casa en Akerman y una licenciada universitaria en Borden—  ejercen este oficio de espaldas a sus respectivas familias: su hijo adolescente en la de Akerman, su pareja sentimental (una mujer negra) en la de Borden. Akerman nos deja fuera, salvo en la escena final, en los encuentros, todos ellos en su propio domicilio mientras el hijo asiste al instituto, entre la protagonista y los hombres, intentando evitar así la redundancia: el oficio de prostituta ya lo ejerce a diario sin necesidad de acostarse con desconocidos en las, tan repetitivas como absurdas y necesarias, tareas domésticas encaminadas a proporcionar el bienestar cotidiano a un hijo varón que ni tan siquiera se digna dirigirse a ella cuando se sienta a la mesa a engullir la comida que le ha preparado. Por el contrario, el entorno de la protagonista del film de Borden es felizmente compartido con su pareja y la hija pequeña de esta, por lo que la prostitución no está en el propio hogar sino en el pequeño apartamento —regentado por una madame, explotadora cordial y amistosa—  donde acude para ganar dinero rápido a cambio de prestar su cuerpo como objeto moldeable a los sueños eróticos de sus clientes masculinos.

Ambas cintas se revelan magistrales en la construcción de un espacio que va a enclaustrar y asfixiar a la mujer. En la de Akerman se trata de la casa propia, convertida en cárcel donde se repiten incesante y ritualmente las tareas domésticas y donde se materializan los encuentros sexuales con desconocidos a cambio de dinero, que se intuye hace falta para cuadrar las cuentas de esa madre soltera. A duras penas escapamos de esa espacio opresivo, ese hogar/prisión burgués, si no es para dar un rutinario paseo con el taciturno hijo o para acudir a realizar una serie de tareas que nunca tienen que ver con el ocio o el esparcimiento sino con el trabajo de ama de casa. En Working girls, el espacio doméstico con el que la cinta se abre y cierra es luminoso, acogedor, integrador, amoroso; por el contrario, el apartamento sin apenas ventanas [1] donde se realizan los encuentros será el que se convierta en huis clos opresivo y alienante. Espacio, al contrario que el domiciliario, donde la protagonista deja de ser una mujer sujeto para convertirse en una mujer objeto al servicio del patriarcado, sea este ejercido por sus clientes o por su madame que, con el típico chantaje emocional de empleador obligado por las repentinas bajas de sus otras asalariadas, le obliga a hacer horas extras. Hay una pausa (además de la liberadora salida/escapada final) en esa extenuante jornada en el tajo por parte de la protagonista y es la de su escapada a la farmacia que acaba con su visita a un parque infantil —una escena en la que no se dice una sola palabra, todo está ya dicho con la luz, los encuadres, el montaje y las miradas—, bañada en una maravillosa luz otoñal de caída de la tarde, mientras Louise Smith mira a los niños jugando. Sin duda, una de las más grandes, y más desconocidas, escenas del cine norteamericano de esos años.

Hay otra diferencia sustancial entre ambos films. A Borden, al contrario que a Akerman, le interesa filmar un espacio colectivo donde el dinero cambia de manos, donde se anotan cuidadosamente los pagos y donde se establecen intrincadas relaciones entre las trabajadoras sexuales y entre ellas y sus clientes o entre estas y la madame. Hay un flujo de dinero (de los clientes) y de afectos (entre las prostitutas), nunca suficientemente explicitados pero inevitables, al pasar tan largas jornadas (10 o 12 horas) confinadas en un espacio cerrado. La directora de Working girls no parece interesada, lo cual se le agradece, en mostrar la sordidez del oficio (aunque no es ajena a él, cfr. el comentario sobre la chica que ha trabajado la calle), para ello elige un entorno moderadamente privilegiado —un apartamento de Manhattan al que la mayoría de los clientes que acuden son profesionales liberales con cierto poder adquisitivo—  en el que la violencia explícita de los clientes muy raramente se manifiesta y donde las mujeres nunca están solas. Borden se centra básicamente en dos espacios: la salita donde se recibe a los hombres, y donde las chicas pasan charlando entre ellas los momentos muertos de espera, y el interior de las habitaciones donde se realizan las actividades sexuales y sus rituales preparatorios, a menudo relacionados con la salud, la higiene y la contracepción.

Akerman y Borden se afanan igualmente en circunscribir ese entorno donde la mujer va a quedar apresada a merced de trabajos que la sociedad (masculina) ha delimitado para ella: ama de casa y prostituta; Akerman va aún más lejos al sugerir que ama de casa=prostituta, y resulta fascinante asistir a cómo cada una de las dos elige para lo mismo un estilo cinematográfico distinto pese a que ambas obras se toquen y terminen convergiendo en una fuga catártica y liberadora. Akerman prefiere la imagen-tiempo deleuziana a través de planos-secuencia fijos de larga duración, equivalentes temporalmente a las acciones domésticas filmadas (lavar los platos, hacer la cama, empanar unos filetes, etc.), herencia de su encuentro en N.Y. con el cine estructural, véase Michael Snow. Es también un poderoso mecanismo para atrapar al espectador en la tiranía del tiempo al hacerlo partícipe, y voyeur, de tareas repetitivas y rutinarias filmadas en tiempo real. La película de Borden tiene también escenas largas pero recurre a encuadres muy pensados y trabajados —que eligen qué mostrar y qué ocultar, mediante, por ejemplo, el uso de espejos [2] o de los planos detalle [3]— y al montaje para jugar con los espacios, las relaciones entre estos e incluso la fragmentación de los cuerpos en partes que parecen autónomas y desgajadas de un todo [4], o al menos de un cerebro pensante y sensible que experimenta con placer el acto sexual sino que, por el contrario, lo vive tan solo como tarea rutinaria de una cadena de montaje. Es un estilo cinematográfico próximo a cierto cine verdaderamente independiente practicado en los años 70 y 80 en la costa este por un puñado de autores y autoras alternativos. También en su uso de la música (la canción atonal del principio) y la luz artificial (neutra) Borden parece querer racionalizar, distanciar e intelectualizar mediante las formas en vez de correr en pos de un sesgo melodramático.

Es precisamente en este último espacio, el de las habitaciones con los clientes, donde Borden lo tenía más difícil y donde su inteligencia cinematográfica (léase su entrevista con Scott MacDonald que se incluye en el libreto de la edición del film por Criterion), filtrada por su ideología política, brilla con más intensidad. Todas las escenas, y no son pocas, están planificadas, filmadas y montadas con gran inventiva visual y sensibilidad emocional, sin sombra de voyerismo, sin atisbo de erotismo, sin rastro de sensacionalismo. Es, en la mayoría de los casos, un frío, planificado y rutinario intercambio corpóreo que Borden registra como un trabajo mecánico (con las escasas excepciones de aquellos clientes con los que la protagonista mantiene una relación ‘especial’), a pesar de que no hay dos encuentros parecidos, y a pesar de que Borden no filma ni monta dos iguales. En los dormitorios, la mayoría de ángulos de cámara no responden a una cámara subjetiva pero están filmados desde el punto de vista de la mujer. No hay un solo plano donde se filme el cuerpo femenino como si lo estuvieran encuadrando los hombres que acuden a comprar sus favores sexuales, excepto, por ejemplo, cuando ella se contempla a sí misma de ese modo en la escena en la que posa con un tipo frente al espejo.

Por si esto fuera poco, Working girls es capaz de construir un personaje como el de su protagonista (impresionante Louise Smith), auténtica superviviente emocional, siempre en un punto exacto de dignidad en su condición de mujer explotada—aunque sea libremente elegida por ella como forma de ganarse durante un corto tiempo un dinero rápido— y la ternura o empatía que siente hacia algunos clientes, incluso la decepción que se adivina en su rostro cuando alguno de los que ella estima la humilla sádicamente. Lizzie Borden consigue, ¡ahí queda eso! , que al final, tras hora y pico de metraje que resume doce de trabajo, cuando Smith, de vuelta a casa, recorra en bicicleta de madrugada las solitarias calles de la ciudad y se detenga en una floristería a comprarle un ramo de flores a su chica, los espectadores sintamos que sale tan limpia de humillaciones y degradaciones como la vimos al despertar por la mañana cuando arrancaba la película. Para concluir, sus ojos abiertos de par en par en la cama, junto a su pareja dormida, nos recuerdan que aún estamos a mitad de camino de casi todo.


1. El apartamento es el de la propia Lizzie Borden, al que se le ha añadido una escalera que se supone conduce a la parte de arriba donde están las habitaciones pero que en realidad no conduce a ninguna parte (nunca vemos un plano sin corte en el que se las vea subir), y donde las habitaciones en las que las chicas interactúan con los clientes son siempre la misma pintada con distintos colores. Mencionar a modo de curiosidad que uno de los clientes es el famoso documentalista Richard Leacock.

2.

3.

4.

Un conflicto silenciado por otro

Maeve (Pat Murphy & John Davies, 1981)

Hay muchas razones para felicitarse por la reedición en HD de la primera película de la directora irlandesa Pat Murphy. La primera, como casi siempre viniendo del BFI, es el cuidado que se ha puesto en la selección y remasterización de los materiales originales. Los productores técnicos del nuevo bluray (Douglas Weir y Peter Stanley) han utilizado el negativo original A+B en 16 mm, junto a un interpositivo para completar algunas partes muy dañadas del negativo, a los que han sometido a un nuevo escaneado en 2k. El resultado final respeta las cualidades fotoquímicas de la fotografía original en 16 mm y 1.37:1, con algunos colores primarios ligeramente saturados y con esas características lumínicas del soporte que realzan las luces matinales, los halos y reflejos y, en cambio, en los exteriores nocturnos dejan abundantes zonas absolutamente oscurecidas. Puede que finalmente todo sea cuestión de presupuesto (o de falta de él: 73.000 Libras del BFI y 10.000 de RTÉ), pero dado que vivimos en una época donde el rodaje analógico en 16 mm parece casi definitivamente perdido, asistir a la frágil belleza, luminosa y cromática, de Maeve nos emociona y seduce ya desde sus primeras cualidades plásticas. Hacía tiempo (concretamente desde Blue black permanent, Margaret Tait, 1992) que el BFI no nos sorprendía con un lanzamiento de su propio legado cinematográfico de tal interés, y al mismo tiempo tan necesitado de reivindicación, pero en este inicio de verano se han descolgado con dos, esta Maeve y Friendship’s death (1987) —que va este año a la sección Cannes Classics del certamen dedicada a la exhibición y venta de derechos internacionales de clásicos restaurados de relevante valor patrimonial en el marco de su cinematografía nacional—, única obra en solitario de Peter Wollen, sí, el mismo Peter Wollen de la influyente Riddles of the Sphynx (1977) [1], firmada junto a la teórica y feminista Laura Mulvey, por aquel entonces su esposa. La excelente cinta de Wollen, interpretada por una jovencísima Tilda Swinton, casi con toda seguridad también disfrutará de una entrada en El Kinetoscopio digital.

Antes de adentrarnos en desgranar las virtudes de la película que nos ocupa convendría detenernos en la cuestión de su autoría. Maeve es esencialmente una película de Pat Murphy (guionista, codirectora y coproductora), lo es en la elección de su protagonista femenina (Mary Jackson), lo es en la naturaleza autobiográfica de su ficción y lo es en su ideología feminista que aquí se rebela contra la condición patriarcal del movimiento republicano norirlandés, personificado en el film por el novio de la protagonista. No obstante, hay que señalar las importantes aportaciones de John Davies, montador, codirector y coproductor de la cinta; su ensamblaje, sin ni un sólo corte efectista o molestamente revelador de su oficio, de los tres tiempos de la película y la alternancia entre estos es modélica y de la suficiente trascendencia narrativa y emocional como para colocar su trabajo de montador a los niveles de una verdadera coautoría. Por otra parte, en algunas fuentes encontrarán que el director de fotografía y coproductor Robert Smith también aparece acreditado como coautor de Maeve; de hecho, la carátula del BFI señala: «A film by Pat Murphy, John Davies, Robert Smith». Conviene reseñar que Murphy, Davies y Smith coincidieron en la RCA Film School, de donde salió el embrión de la cinta. Los tres compartían estudios, amistad y a Stephen Dwoskin como tutor (para el que poco después Smith se ocuparía de la luz en un par de sus largos), además del gusto por el distanciamiento brechtiano y la obra del cineasta experimental suizo, de carrera británica, Peter Gidal. Durante la segunda mitad de los 70 Pat Murphy gozó de una beca del Whitney Museum que la llevó a New York, donde interpretó un pequeño papel en Born in flames (Lizzie Borden, 1983) y entabló amistad con su directora.

Murphy tenía muy claro que los límites del documental (cfr. The Patriot game, Arthur MacCaig, 1979) eran insuficientes para el carácter autobiográfico de su película, también que la supuesta objetividad y veracidad de aquel provenían de sus códigos de captación de la realidad que le otorgaban una supuesta superioridad moral en su tratamiento imparcial de las imágenes, lo que las situaba en una posición privilegiada para ser asimiladas acríticamente por los espectadores como portadoras de una indiscutible y única verdad, registrada sin trampa ni cartón por el documentalista. Murphy, que no era ajena a las aportaciones del Cinéma-verité y del Direct Cinema, buscaba otra cosa, tenía muy claro que el cine de ficción le permitiría trazar un relato donde lo personal y lo colectivo se entretejieran a un nivel profundo, y donde tres tiempos (infancia, adolescencia y juventud) pudieran coexistir y dialogar entre sí, siendo al mismo tiempo fiel a la filmación de la realidad norirlandesa a pie de calle de principios de los 80, los años más duros y sangrientos del conflicto (The Troubles).

La tarea era mayúscula, ninguna película de ficción se había rodado hasta ese momento en las calles y casas de Belfast, y mucho menos con un presupuesto tan exiguo, tampoco con sus ambiciones cinematográficas y narrativas y su valentía política, en cuanto a que era más que previsible que el guion de Maeve incomodara y desagradara tanto a británicos como a irlandeses. En muchos artículos Maeve aparece descrita como un film experimental cuando no lo es (se trata indudablemente de un film narrativo, con un argumento claro y legible y personajes definidos), la etiqueta le ha sido adjudicada con toda seguridad por sus saltos temporales al corte (es un poco limitado hablar de ‘flash-backs’), entre tres edades de la protagonista, las dos últimas interpretadas por la misma actriz, portando o no una película que simplemente quiere hacérnosla parecer más joven y señalarnos que estamos en otra época de su vida. Es este fascinante mecanismo narrativo, ideado por el montador John Davies, el que habrá llevado a muchos a perderse por completo entre el rico juego de rimas y trampantojos de la memoria de su heroína y los que habrán empujado a su catalogación en algunas fuentes como cine experimental.

La gran y la pequeña escala, o mejor la gran escala a partir de la pequeña escala aparecen perfectamente moduladas en una obra de resonancias polifónicas a pesar de su indiscutible protagonismo individual. La lucha personal de Maeve por preservar y desarrollar su conciencia feminista en un país y un conflicto que claramente están a otra cosa (Bobby Sands y la trágica huelga de hambre de las mantas son coetáneos del film y aparecen mencionados) es profundamente subversiva y revolucionaria. La película elude en todo momento el panfleto y está muy lejos del cine ‘agit-prop’. Jack O’Dwyer apunta con tino que «… cada línea de sus apasionantes debates podría, y debería, ser aislada y analizada por los espectadores porque rara vez ha aparecido en la pantalla un testimonio semejante de la eficacia del método socrático…». El alma política de la película —el tormento del corazón yace en los dolorosos recuerdos de las humillaciones y horrores diarios en las calles de Belfast, que Murphy filma con distancia, serena rabia y maestría— descansa ahí, en las tres vibrantes discusiones entre Maeve y su novio, activista de la causa republicana y católica norirlandesa, ubicadas en unas maravillosas localizaciones cargadas de fuerza emocional y simbólica: la segunda en un apartamento desde el que se divisa buena parte de Londres y la última en el cementerio de Clifton Street. Aquí, en estas dos escenas, se escuchan algunas de las líneas de diálogo más emocionantes y desoladoras de la película: «la relación de los hombres con las mujeres es como la relación de Inglaterra con Irlanda. Estáis en posesión de nosotras. Nos ocupáis como un ejército» o «tengo derecho a no saber lo que estoy haciendo». Para un hombre católico y norirlandés es incomprensible y humillante que su novia, nacida y criada en Belfast, violentada a diario por el ejército británico en las calles de su ciudad natal, decida irse a vivir a Londres para estudiar arte y porque allí goza, entre otras cosas, de una libertad sobre su cuerpo (decidir tener un hijo o abortar, por ejemplo) que no podría tener jamás en Irlanda del Norte bajo la bota británica pero tampoco si triunfase la causa republicana. El video ensayo de Chris O’Niell que, entre sus extras, acompaña a la edición de la película por parte del BFI incide en este punto de choque y resistencia de la protagonista y del film: ‘Being a woman is a nationality’.

El codirector y montador John Davies dice, y no le falta razón, que el comentario político está sumergido dentro y fuera del tejido de la película. Algunas veces está en la superficie, al estilo Godard, y otras yace más profundo, en las caracterizaciones y texturas de la obra. Conviene detenernos en este punto para hablar del destino de la película una vez que fue exhibida con éxito en el Festival de Edimburgo. Posteriormente pasó por Venecia, donde fue la primera vez que una obra producida por el BFI era invitada a la muestra, de allí salió el interés de un exhibidor por darle una mayor difusión si se eliminaban los tres debates políticos (en los que claramente se explicitaba la ideología feminista de la película, del personaje principal y de la autora) entre los dos protagonistas, Maeve y su ex-novio. Pat Murphy recuerda haber comentado con John Davis y Robert Smith la propuesta del BFI y haberla descartado de pleno porque esas escenas eran cruciales, sin esos debates la cinta quedaba reducida a otra película más sobre ‘ritos de paso’ con algunos flashbacks. Como los artífices de Maeve recuerdan hoy con amargura, ya se anunciaba el advenimiento de Channel 4 y su modelo televisivo que vino a introducir un estilo más populista en la televisión de las islas. Se trataba en suma del cuarto canal estatal británico destinado a romper el duopolio BBC-ITV y a influir negativamente en el tipo de cine coproducido por las cadenas estatales o destinado a ser emitido por ellas.

Otro aspecto sorprendente es que Murphy fue capaz de filmar el conflicto desde otro ángulo, desde una perspectiva absolutamente nueva sin resultar por ello desconsiderada ni insensible con la memoria de los ‘mártires’ de la causa ni con la sangre derramada. El dolor por las víctimas que inflama los relatos y canciones populares, pese a no ser los de su protagonista ni sentirlos como suyos, resuenan en off en las imágenes de Maeve; pero también ese otro dolor más silencioso y profundo por quienes quedaron en las cunetas del olvido («no hay nada entre tú y el Ártico», clama un derrotado activista excarcelado que grita sus poemas al negro y embravecido Atlántico), como ecos fantasmagóricos de los/las que tuvieron una anónima mala muerte y una vida demasiado corta. Las heridas sangrantes de años de ocupación se sienten desde su arranque, cuando el padre de Maeve, mientras ve de noche a solas una película en televisión, contempla a través de los visillos cómo los paracaidistas británicos sacan con lo puesto a los residentes de sus casas ante la amenaza de un coche bomba; pocas veces antes se había visto a las tropas británicas en su trato a la población católica como un verdadero ejército de ocupación. La vuelta de la protagonista a Belfast desde Londres es también un momento magistral a la hora de armonizar los sentimientos personales y la imagen objetiva de una ciudad amenazada pero también amenazadora y opresiva. Ya desde las imágenes aéreas de unas ruinas monolíticas, el paso por la aduana, el viaje en autobús y la llegada a la ciudad en una noche negra como boca de lobo, salpicada de patrullas militares, hiela la sangre del espectador. Esa negrura total que engulle calles y casas (la misma que rodea al grupo de amigas que vuelven de fiesta y súbitamente son sorprendidas por el fuego cruzado de francotiradores) es el mejor reflejo de un país que atraviesa su hora más oscura.

Finalmente, Pat Murphy logra darle voz a quienes no la tenían y lo hace sin atisbo de ñoñería y de forma conmovedora. Todos los miembros de la familia (madre, hermana y padre) tienen su soliloquio, con Maeve por testigo, en el que recuerdan su momento de debacle, su instante de mayor terror, dolor y amargura. Mención aparte merece la figura del padre, con el que Murphy abre y cierra su película. No es uno de esos nacionalistas que tiene un relato al que aferrarse en los últimos días de su vida —a pesar de que se pasó años en la cárcel porque su hermano enterró unas armas en su jardín y él no lo delató— es ‘tan sólo un hombre corriente’ al que la Historia atropelló. La cineasta tiene la agudeza de filmar algunos de sus monólogos (que incluso parecen remitir a ancianos mitos, casi más celtas que irlandeses) con unos tiros de cámara que juegan con situarse al borde de romper la cuarta pared e incluso transgredirla. El padre tiene algo de bardo, podríamos pensar en ciertas sutiles reminiscencias simbólicas que refieren a una tradición celta milenaria (es un poco como esas ruinas monolíticas que Maeve contempla desde el avión a su vuelta desde Londres), atesora una dignidad y resiliencia eterna, callada e indestructible a prueba de los incontables atropellos y mezquindades de tantos patriotas con y sin uniforme de uno y otra bando.

El cine irlandés es también un pequeño país cinematográfico que lucha por sobrevivir frente al colonialismo británico, igual que este lo hace frente al estadounidense. Pat Murphy sólo ha dirigido tres películas en 40 años, las tres, seguramente no por casualidad, tituladas con el nombre de sus protagonistas femeninas: un personaje de ficción, que remite a ella misma, y dos figuras históricas. A Maeve le siguieron Anne Devlin (1984), film hoy de muy difícil acceso y que espera su próxima restauración, y por último Nora (2000), dedicado a Nora Barnacle, al que le pesan en demasía sus aires televisivos para lo que ya eran decididamente malos tiempos para el cine.


1. Riddles of the Sphynx tiene una edición dual (BD+DVD) dentro de la excelente colección de títulos producida y editada por el BFI.