La imagen bisagra

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Reifezeit

Reifezeit (Sohrab Shahid Saless, 1976)

No tuvo que ser fácil para Sohrab Shahid Saless llegar al cine alemán en 1976. En principio, aterrizar durante esos años en el país donde estaban rodando Fassbinder, Schroeter, Kluge, Syberberg, y circunstancialmente Straub y Huillet, no debía ser, para un cineasta formado en Viena y París, el peor lugar donde ir a parar. Más bien al contrario, sólo Francia se nos antoja como un horizonte más deseable, aunque conociendo el estilo, e intuyendo su carácter a partir de su obra, de un autor como Shahid Saless, tal vez fuera Alemania el mejor destino posible para acoger una carrera que prometía grandes cosas a tenor de sus primeras cintas rodadas en Irán.

Shahid Saless no era un desconocido en Alemania, su segundo largometraje, Still Life (Tabiate bijan, 1974), había ganado el Oso de Plata y el premio FIPRESCI en la edición de la Berlinale de ese mismo año, colocando en el panorama internacional a un autor que unos meses antes había llamado poderosamente la atención en su país con su ópera prima [A simple event (Yek Etefagh sadeh, 1974)], rodada íntegramente en planos medios y largos sin recurrir nunca al primer plano, y donde el cineasta filmaba una serie de tareas rutinarias repetidas constantemente por el muchacho protagonista. Tras Still Life, Shahid Saless rodó su tercera película iraní, Far from Home (Dar Ghorbat, 1975), que de nuevo compitió en el Festival de Berlín, alzándose una vez más con el premio FIPRESCI de la crítica internacional. Berlín y Chicago fueron los festivales que con mayor frecuencia acogieron su cine y los que hicieron un mayor esfuerzo por lograr su visibilidad más allá de las fronteras del régimen del Sah Mohammad Reza Pahlavi, lo que explica también que a principios de los años noventa, y ya retirado del medio, emigrara a Chicago, donde fallecería en 1998 a la edad de cincuenta y cuatro años; dejando tras de sí una obra, que no ha visto la edición en DVD de ninguno de sus títulos, compuesta de un corto, dos documentales y trece filmes de ficción, muchos de ellos, concretamente siete, rodados para televisión.

Reifezeit (1976), producida para televisión, es la primera cinta que Sohrab Shahid Saless filmó recién llegado a Alemania y es, sin duda, la película que prefiero de cuantas le conozco. Desde sus primeras imágenes, Reifezeit prolonga el depurado y radical estilo que acompañaba al autor de A simple event desde su etapa iraní. La película, rodada en blanco y negro, abre con un plano fijo, de larga duración, que muestra la estancia principal de una modesta vivienda durante las horas de la madrugada. Frente a la cámara hay una ventana y a la izquierda de ésta una pequeña cama donde yace una figura, más oída que vista, apenas vislumbrada entre la oscuridad reinante. El silencio de la noche se ve punteado por los escasos vehículos que atraviesan la calle y, especialmente, por el martilleante sonido de un reloj de pared que va marcando el paso del tiempo. En un determinado momento, la figura del camastro se levanta, lo que nos permite atisbar que se trata de un niño de unos ocho o nueve años, su movimiento (no prolongado por la cámara, con la habitual panorámica de seguimiento, que continúa manteniendo el mismo plano fijo frente a la ventana), hacia la derecha del encuadre, y saliendo de éste, va seguido del encendido de una fuente de luz en la parte derecha del plano que iluminará muy débilmente la estancia; unos segundos más tarde de lo habitual asistimos a un corte de montaje que nos muestra al mismo niño en un plano medio, filmado desde atrás, mientras llena un vaso de agua de un grifo que hay en el fregadero de la estancia contigua. Nuevo corte al mismo plano, con el niño haciendo esta vez el camino de vuelta, aunque en esta ocasión por partida doble, pues se había olvidado de apagar la luz.

Esa misma planificación, tras más de un minuto de plano fijo frente a la ventana con la estancia en tinieblas, se repite con la aparición de la siguiente figura (una mujer adulta que llega a casa de madrugada con ropa muy sexy y que, como sabremos luego, se trata de la madre del niño protagonista) y su proceso de desvestirse, desmaquillarse (con una luz más intensa, que parece molestar al pequeño durmiente, pero que nos permitirá a los espectadores conocer la vivienda), preparar un bocadillo a su hijo y meterse en una cama colocada en la misma estancia donde duerme el muchacho, donde se fumará un cigarrillo antes de dormirse.

La escena, de unos diez minutos, y que concluye con un fundido en negro para continuar en la siguiente exactamente en el mismo lugar (aunque el encuadre esta vez sea lateral) pero iluminado ahora por los primeros rayos de luz de la mañana, ha estado todo el tiempo acompañada por la cadencia del reloj de pared que hace las veces de metrónomo, marcando el compás del riguroso estilo de Shahid Saless en el que el tiempo real y el tiempo cinematográfico coinciden; en el que la cámara no se mueve, manteniendo planos largos en cuyo interior la vida -o sea, el tiempo- fluyen; y donde el relato avanza en bloques de largas escenas que concluyen con suaves fundidos en negro.

Como en Jeanne Dielmann, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles, los personajes de Shahid Saless se autoafirman y definen por la repetición incesante de tareas rutinarias que los encadenan a una lógica absurda pero cuyo ejercicio se ha acabado convirtiendo casi en motor y razón de sus vidas. Reifezeit (que tiene mucho en común con el filme de Chantal Akerman, aunque aquí el foco se coloque en el hijo y no en la madre prostituta y ama de casa) sigue al pequeño en sus mañanas escolares donde a veces roba una chocolatina de una compañera para sobornar a otro muchacho para que le deje montar en su bicicleta (único y brevísimo momento de la cinta, el de las vueltas en círculo con la bicicleta prestada, acompañado de música incidental), o en sus idas y venidas a casa de una anciana vecina, ciega y desconfiada, a la que le hace la compra a cambio de una mísera propina, que va poco a poco ahorrando para poder comprarse su propia bicicleta.

Ese mundo organizado y ordenado en base a pequeños rituales repetitivos está permanentemente amenazado por la realidad que el niño desconoce. En el off del relato, tanto para los espectadores como para el muchacho, se mueven las actividades de la madre en su trabajo de prostituta que simbolizan todo aquello que, para que el niño siga siendo niño, debe continuar invisible. Pero el mundo del niño es, obviamente, poroso y está, aunque él aún lo ignore, incluido dentro del mundo de los adultos, más grande, amenazador y doloroso. Así, de vez en cuando, aparece por su casa un individuo desagradable y hosco -y que intuimos es el chulo de su madre-, que la mujer intenta detener en el umbral, pero que constantemente le pide dinero y la amenaza. Las tensas conversaciones en susurros no pueden ser completamente descifradas por el pequeño, pero hay cosas que, aunque la inteligencia aún no pueda comprender, de una u otra forma encuentran su vía de entrada, abriendo el camino a la inquietud y el desasosiego.

Reifezeit, que podría traducirse como “el tiempo de la madurez”, culmina justo en el momento en que el niño se topa de bruces con la imagen prohibida (en este caso la de su madre de espaldas, arrodillada, haciéndole una felación a un hombre; aunque lo mismo habría valido una imagen de las pilas de cadáveres de Auschwitz, la del vietcong ejecutado por el general survietnamita de un tiro en la sien, etc.), vedada para la infancia, la imagen que abre las puertas a ese horror del que la niñez nos mantenía a salvo y que nos muestra una panorámica más amplia y devastadora del mundo en el que a partir de ahora vamos a vivir como adultos.

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