El imposible retorno

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Stray dogs (Jiao you, Tsai Ming-Liang, 2013)

A Touch of sin (Tian zhu ding, Jia Zhangke, 2013)

Había cierta expectación por ver las películas que Tsai Ming-Liang y Jia Zhangke filmaron en 2013. Entre mediados/finales de los noventa y principios de la década siguiente, ambos rodaron algunas de las mejores películas que vinieron de Extremo Oriente. Clausurada hace ya tiempo su mejor época, aún se les sigue esperando con una mezcla de esperanza y escepticismo, como si todavía fuera posible volver a aquel itinerario interrumpido tras los últimos años de extravío creativo. Ambos comparten también el dudoso honor de haber sido vapuleados u olvidados en nuestro ignorante país durante años. Con Tsai se divertía el difunto Ángel Fernández Santos zurrándole sin piedad en sus crónicas festivaleras para el diario ‘El País’, y su enloquecido sustituto siguió con la fiesta, entre exabruptos y críticas directamente inventadas (llamar, por ejemplo, ‘misteriosa mujer’ a cualquiera de los dos personajes femeninos de la historia es no saber absolutamente nada de toda la obra anterior, verdadera work in progress, de Tsai Ming-Liang). Peor suerte corrió aún Jia, del que poco o nada se escribió -excepción hecha del gran Álvaro Arroba-, hasta su León de oro en Venecia con Naturaleza muerta (Sanxia haoren, 2006), que hizo ya inviable continuar con el ninguneo y el esperpento nacional, y que fue inmediatamente seguida por la edición en DVD de sus tres primeros largos a cargo de Intermedio y de la premiada Naturaleza muerta por medio del sello Cameo.

Hay otra cosa que también une a Tsai y a Jia, y es que muy poco de su obra ha sido estrenado comercialmente en salas de nuestro país; si no recuerdo mal, de Jia solamente se han pagado entradas por Ver Naturaleza muerta, Historias de Shangai (Hai shang chuan qui, 2010) y Más allá de las montañas (Shan he gu ren, 2016) y de Tsai por asistir al pase de El sabor de la sandía (Tian bian yi duo yan, 2005), único de sus títulos que salió a la venta en DVD. Ninguneo y olvido compartido con otros cineastas orientales como Hong o Suwa -de Lav Diaz o de Raya Martin ya ni hablamos- y que debería escandalizar, o al menos sonrojar, a más de uno -pero que a nosotros a estas alturas sólo nos mueve ya a la risa- si recordamos que verdaderas momias pegaplanos como Yoji Yamada o aburridos dimisionarios reincidentes como Hirokazu Koreeda y Naomi Kawase gozan del beneplácito de nuestros distribuidores y exhibidores sólo por llevar a cuestas el tarro, tamaño familiar, de almíbar. Desde luego, no será ya este el momento de recuperar a Tsai o a Jai ni a tantos otros. Lo perdido perdido está y el hueco que ello deja en el continuo de las histoires de cinéma patrias será probablemente irrecuperable para quienes en su día hicieron rabona.

Empecemos con Tsai: Stray dogs prometía traer de vuelta al auténtico Tsai taiwanés, una vez superado los extravíos del periplo malayo [I don’t want to sleep alone (Hey yan quan, 2006)] y francés Visage (2009). Sus 138 minutos de metraje anticipaban lo que luego se iba a ver confirmado tras su visionado: escasez de planos, generalmente fijos -salvo alguna panorámica de seguimiento a algún personaje que cruza lentamente el encuadre-, debida a la larga duración de estos que llegan a su clímax en el penúltimo de la película que fácilmente puede superar los quince minutos. Tsai decide volver a la saga familiar que rodea a su actor fetiche, Lee Kang-shen, a la que ahora se le ha unido descendencia; de nuevo la elipsis entre películas se articula como motor que sigue alimentando la ficción con nueva carne. Como no podía ser de otra manera en el autor de The Hole (Dong, 1998), un Taiwan anegado sirve de marco para los vagabundeos de estos despojos del sistema, que parecen existir en un universo paralelo de no-lugares, donde intentan reproducir precariamente los antiguos rituales domésticos de sus vidas pasadas. La trama vuelve a ser mínima, o inexistente, y el componente de denuncia social ni existe ni importa, lo verdaderamente determinante son los gestos, concretamente el de resistencia y el de visibilidad/invisibilidad, visibilidad ante el espectador, invisibilidad ante el resto de personas que les rodean. Lee Kang-shen es un hombre anuncio al que nadie mira -como el protagonista de The Sandwich man (Erzi de Dawan’ou, Hou Hsiao-Hsien, Jen Wan y Zeng Zhuan Xiang, 1983)- y sus niños se pasean anónimamente por un centro comercial probando los productos de degustación, y haciendo tiempo a cubierto y calientes mientras su padre termina su jornada laboral a la intemperie, en un Taipei barrido permanentemente por la lluvia y el viento. Las figuras se despegan de unos fondos líquidos, marca de la casa, formados por texturas cuasi virtuales que convierten esos espacios industriales y periféricos en una suerte de gigantescas pantallas digitales. Abstracción posindustrial de ciudades intercambiables y sin memoria para los afásicos personajes de Tsai que se pasean por ellas como tozudos espectros apegados a la existencia.

Tsai sigue dominando con maestría el encuadre y el tiempo cinematográfico, pero sin embargo Stray dogs, que es claramente un run for cover, está aún lejos de su gran cine, el de The River (He liu, 1997) o Goodbye Dragon Inn (Bu san, 2003); algo se ha perdido por el camino, los últimos traspiés han dejado huella y es como si a los planos les faltara tensión interna, como si este greatest hits, perfectamente reconocible, pareciera demasiado calculado, demasiado diseñado, huérfano del humor, de la inventiva salvaje y de la emoción espontánea que Tsai solía convocar antes sin esfuerzo. La vejez y el cansancio que asoman en el rostro de Lee Kang-shen se trasladan al interior de su última obra sin que, a cambio de las divertidas y feroces ocurrencias del pasado, hayamos encontrado algo lo suficientemente pregnante y revelador -y no basta, es más, sobran, los primeros planos con lágrimas del erosionado protagonista- como para prescindir de ellas.

El caso Jia es mucho más triste. Tras siete años sin rodar un largometraje de ficción (sus últimas obras fueron cortos o documentales, aunque alguno de estos últimos estuviera moderadamente ficcionalizado) su vuelta con A Touch of sin no puede haber sido más decepcionante, molesta y prescindible, eso dando por sentado -lo cual es mucho dar por sentado- que aún albergásemos algo de esperanza en su futuro como cineasta. A Touch of sin no deja de ser un largometraje formado por cuatro cortos que al menos, eso hay que agradecerle, no juega a fondo, aunque coquetee algo, con la detestable moda de las historias cruzadas. Jia no es tonto y esgrime su coartada para su cambio de registro: efectivamente, su película sigue hablándonos de los brutales y rápidos cambios que el capitalismo ha introducido en la vieja China comunista, señalando la pequeña y gran corrupción, moral y empresarial, que corroe tanto al gobernante como al ciudadano. Su película, perezosa y muy poco trabajada en todos los niveles de su escritura, desde la trama hasta los personajes, se mueve pues en territorio conocido y en paisajes perfectamente reconocibles de su cine, pero Jia decide utilizar la violencia explícita como el vehículo para dar salida a su rabia y frustración contra el estado de cosas reinante. Es por tanto la violencia, contra los demás o contra ellos mismos, contra los culpables o contra los inocentes que pasaban por allí, el medio fácil y expeditivo que los cuatro personajes, que protagonizan las otras tantas historias de las que se compone la cinta, utilizan para expresar su indignación y hastío ante la corrupción, la pobreza o el machismo imperantes. La elección del medio, equivocada o no, censurable o no, no es lo que verdaderamente más molesta de la cinta, sino la expresión cinematográfica de esa violencia por parte de Jia, que recurre para ponerla en escena a los tics más vulgares y adocenados del cine de acción mainstream estadounidense sin aportar prácticamente nada de su propia cosecha. Denuncia, en el fondo cómoda y pactada (Jia es ya un cineasta absorbido, más o menos, por el régimen), la película parece en realidad una cabeza de puente para dar definitivamente el salto hacia otros horizontes, que pretexto autoral aparte, resulten crematísticamente más lucrativos.

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