La sociedad del ‘tripis’

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The Congress (Ari Folman, 2013)

En un mundo como el actual, aquejado de irrealidad, saturado de virtualidad, intoxicado de alucinaciones mediáticas, una película como The Congress está inevitablemente llamada a ser entendida como otra pieza más de ese mismo engranaje ilusorio, lúdico y escapista, cuando en realidad sería más bien su devastadora némesis.

Tomando algunos elementos de la novela The futurological congress, del autor de ciencia-ficción Stanislaw Lem, el último filme de Ari Folman es una imaginativa, inteligente y amarga reflexión sobre la realidad virtual en tiempos de crisis, y sobre la gestión de una sociedad adicta a la réplica, en la que bullen millones de inflados egos dedicados sin descanso a reproducir slogans, imágenes y lemas producidos y reciclados por esa misma sociedad de consumo a la que tal vez crean estar desafiando, pero a la que en realidad tan sólo sirven fielmente.

Pero vayamos por partes. El metraje de The Congress arranca con un monólogo del agente de Robin Wright (interpretado por Harvey Keitel), mientras presenciamos las reacciones de aquella, que hasta cierto punto se interpreta a sí misma. Él la acusa de no haber tomado decisiones acertadas en su carrera y en su vida, optando por un camino que la ha conducido desde el estrellato hasta casi el anonimato. Seguidamente, el jefe de los estudios Miramount (Danny Huston) les lanza a ambos una última propuesta, una oferta económicamente tentadora dirigida a hacerse con los derechos de imagen de la actriz, y la última que tendrá que aceptar como parte de su relación profesional con el mundo del cine, consistente en escanear su imagen y utilizarla, ya sin necesidad de su posterior consentimiento, en cualquier contenido audiovisual que la productora lance a partir de entonces. Esto les permitirá emplear a la Wright digital en aquellos géneros y filmes que la original nunca quiso protagonizar, así como rejuvenecer su imagen y poder explotarla casi sin límites, mientras ella se toma unas bien remuneradas y merecidas vacaciones permanentes. Aunque inicialmente se muestra reticente, al final logran convencerla de que lo mejor a su edad es que acceda a ello, evitándose así las penosas inyecciones de botox, los directores incompetentes, los guiones penosos, etc. Esto, grosso modo, compone el mencionado primer acto de la cinta, incluida una subtrama sobre la incurable enfermedad del hijo de la actriz, que lo irá conduciendo progresivamente a un estado de ceguera y sordera totales, y los encuentros con su médico de confianza (Paul Giamatti).

Ese primer bloque plantea el hipotético futuro de la industria del cine y del trabajo del actor, pero en realidad nos introduce en un escenario mucho más incierto en el que la imagen fotográfica (registro del mundo físico, testigo del paso del tiempo y de la propia materialidad química del soporte) sea definitivamente sustituida por otra imagen digital, intemporal (o sólo datable por la obsolescencia de la tecnología que utiliza, pero no por el registro que realiza), mucho más dúctil y por ello modificable, manejable, manipulable. Estamos pues en el tránsito del registro fotoquímico del mundo a la reinvención digital y virtual de éste por parte de, en principio, las industrias del ocio, el entretenimiento, etc., que no puede sino acabar modificando nuestras forma de interactuar y relacionarnos con nuestro entorno tal y como lo conocemos o hacemos hasta ahora. Estaríamos hablando de la sustitución de una concepción mimética, imitativa de la naturaleza por una recreación numérica de ésta. Pero el debate iría incluso más allá, empujándonos a reflexionar sobre por qué en vez de intentar cambiar la realidad que nos rodea deseamos, o más bien aceptamos, un sustituto ilusorio de esta, sabiendo que mientras seguimos habitando esa realidad virtual paralela ficticia, nuestro universo continuará tanto o más desafiante, caótico y problemático que cuando lo abandonamos.

Ari Folman aprovecha la presencia, y la total implicación en su proyecto, de una actriz como Robin Wright, para establecer un segundo nivel de lectura, en el que el espectador que conozca el devenir de la carrera profesional, y la vida personal, de la actriz pueda también pensar que ‘las malas elecciones’ del personaje fueron también las de la propia Robin Wright, ex mujer de Sean Penn. Aunque lo cierto es que viendo en lo que, tras el éxito de La Princesa prometida (The Princess bride, Rob Reiner, 1987), la industria quería convertir a la actriz, y en lo que ella sola ha acabado convirtiéndose (y su presencia en esta excelente película nos estaría dando la razón), a lo mejor no fueron tan malas sus decisiones como al demonio -léase la gran industria del cine norteamericano- le parecieron.

A partir de ahí la película nos sumerge en una brutal elipsis de veinte años, tras la cual nos topamos con una Robin Wright envejecida, al volante de un lujoso Porsche, convocada a un congreso futurista emplazado en una región animada, donde también se está promocionando el último filme de la nueva Wright virtual, un excesivo, oscuro y paródico entretenimiento de acción y ciencia ficción. La entrada en esa región animada se produce a través de una aduana y por medio de una droga de diseño (una píldora) que la protagonista tendrá que consumir para atravesar ese portal.

Si hasta ese momento The Congress era una buena película de acción real, a partir de entonces se convertirá sencillamente en una obra maestra de la animación. El salto al universo animado a lo cartoon, convertirá a la película en el tripis definitivo, sin perder nada de su profundidad, y aprovechando al mismo tiempo buena parte de las inmensas posibilidades que la animación ofrece. En ese congreso, donde, como hemos dicho, se está presentando su último blockbuster, sabremos algo más sobre las grandes corporaciones que manejan una industria del ocio que ha infiltrado amplios sectores de la economía, la política, etc.; y en el que la protagonista, antes del ataque terrorista con gas, conocerá a un guionista que lleva años trabajando con su doble virtual y está enamorado de ella. Intoxicada tras el asalto de las invasiones bárbaras que amenazan esa alternativa e ilusoria realidad, deberá ser hibernada hasta que se encuentre una cura a su estado.

Despertada algunos años después, y sin que los espectadores hayamos abandonado el universo de animación en el que entramos a los cincuenta minutos de película, la cinta debe enfrentar entonces la necesidad de la protagonista de contactar con sus seres queridos -sus hijos; recordemos que uno de ellos estaba aquejado de una enfermedad irreversible- una vez que ha pasado varios años atrapada en esa irrealidad animada, a la que acudió inicialmente en una visita de un día para presentar su nuevo filme. La película cambia ahí su look cartoon a lo Fleischer Studios o a lo Looney Tunes por un estilo más pictórico que nos trae a la memoria la obra de El Bosco, en concreto su célebre El Jardín de las delicias, especialmente en la visita de Robin Wright (acompañada por el guionista) a un Nueva York irreconocible, con edificios voladores, y habitado por avatares que reproducen iconos de la cultura pop, figuras famosas de las artes, la política, etc., convertidas en identidades virtuales que se calzan los humanos a través de una píldora. Sociedad pop de la imitación, sociedad de la reproducción seriada que reconvierte ideas en pegatinas y personalidades famosas en disfraces con los que acudir a una fiesta, con la diferencia de que aquí el evento dura 24 horas 365 días al año.

Si la animación permite que Ari Folman vuele libre e imagine secuencias -que establecen rimas con lo que vimos en acción real en la primera parte- tan prodigiosas como la de Nueva York, la de la hibernación de la protagonista o el encuentro sexual con el guionista enamorado, será precisamente el momento en el que ella decida abandonar esta quimera y volver al ‘mundo real’ -mediante otra píldora que le proporcionará el libretista- cuando comprenderemos en toda su dimensión la aterradora hondura del filme que ha rodado Folman.

La secuencia transcurre en un restaurante donde la pareja va a separarse (solamente hay una píldora y además el guionista teme decepcionarla por lo que no la acompañará) y donde una orquesta toca una música lánguida que parece escucharse lejana, como en sordina. Separados por un beso, Robin Wright ingiere la píldora y comienza a avanzar lentamente a través de una fila de avatares (Jesucristo, Clint Eastwood como el pistolero de La muerte tenía un precio, Pablo Picasso, Hitler, Michael Jackson, Juana de Arco, Frida Kahlo, Che Guevara, etc.) que la contemplan con la mirada ausente como si caminara al cadalso. Folman pasa con un sutil corte, que simplemente elimina la animación, al mundo físico para mostrarnos las personas que hay tras esos avatares y la realidad tangible que hay tras ese lujoso restaurante en el que se despidieron los amantes: una legión de homeless con la mirada perdida colgados en su sueño virtual y un mundo posapocalíptico devastado. El shock dramático y visual para el espectador es absolutamente formidable, especialmente cuando había olvidado (tras más de una hora sumergido en este lisérgico entorno animado) que en verdad tan sólo estaba contemplando una réplica animada y adulterada del otro mundo, el real, que seguía en marcha -en destrucción cabría decir- fuera de campo.

De vuelta a la realidad, la protagonista aún tendrá que enfrentarse a la ingente tarea de encontrar a su hijo. Si aquí ya no queda prácticamente nada, en el aire, en unos dirigibles que cuelgan del cielo se supone que viven los que aún gobiernan esta sociedad. Una vez allí, comprobará que no quedan nada más que técnicos y funcionarios ancianos (entre ellos el médico que trataba a su hijo y que le comunicará que, tras años de espera, el chico fue al mundo virtual a buscarla), y que los que manejan los hilos, como el gran mogul que vimos en el congreso futurista, probablemente hace mucho que ya no viven allí, adictos también a la propia droga que fabrican.

El viaje de vuelta para encontrar precisamente a quien fue a buscarla, consistirá en una nueva inmersión en la irrealidad y en la virtualidad, pero ahora Folman utilizará la animación para construir una mágica secuencia que solamente sería posible, y no resultaría ridícula, mediante la animación. Una síntesis poética del devenir de una vida a través de una inversión de la mirada que hará posible lo imposible: reencontrarse con el otro renunciando al yo y convirtiéndose en él desde su primera célula, desde su primer instante de vida.

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