Posmascarada y posrevolución

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Joker (Todd Phillips, 2019)

Hollywood casi siempre ha tenido serias dificultades a la hora de hablar del momento presente o de intentar acercarse a algo que remotamente se parezca a un problema social y/o político (es lo mismo o termina siendo lo mismo) que golpea a la sociedad en el aquí (globalizado) y el ahora (inmediato). Digamos desde ya que una película como Joker tampoco lo resuelve, en todo caso se limita a mercantilizarlo, a sacar rédito económico del reflejo quebrado que devuelve el espejo sin atreverse a ir más allá de este, es decir, no sabe qué hacer ni con la política ni con la violencia que esta genera, salvo invertirla en Bolsa. Y sí, habrá quienes piensen que su balbuceante incapacidad es precisamente una fiel representación de la actual espectacularización de la revuelta poscapitalista y posnihilista, pero eso sería aceptar que la película tiene una conciencia del problema y una intuición para revelarlo que ni su argumento ni su puesta en escena nos sugieren en ningún momento.

Hay muchas cosas que molestan en una cinta como Joker. La primera, por ejemplo, es que la industria pesada del cine norteamericano no sea capaz de colocar como protagonista a un enfermo mental empobrecido que cuida a su madre dependiente si no es para, en el fondo, disfrazarlo de archivillano de cómic. No es ya que el cine de superhéroes se haya tragado buena parte de la cartelera norteamericana (o sea, mundial) y otra buena parte del cine de ciencia-ficción, es que su dictadura amenaza ya con tragarse un género como el drama, o el drama social, al que una película como esta devora para regurgitarlo convertido en quincalla seriada (alguien que no conozca ni de oídas quien es el Joker o Batman jamás entenderá el reaccionario final metido con calzador: la posrevolución se llevó a los padres de Batman y alumbró el superhéroe justiciero) de un engranaje del cual tan sólo es otro eslabón más. Porque seamos sinceros y dejémonos de zarandajas, todos sabemos perfectamente que una película con un argumento como el que Joker tiene durante su primera hora jamás habría sido producida hoy por una major si no se tratara de la juventud y primeras andanzas del antagonista de Batman. Tampoco el público habría ido en masa a verla sin ese anzuelo, convenientemente aireado vía costosa y multitudinaria campaña de promoción.

Otra trampa, mucho más molesta aún, y que ya inició Christopher Nolan con su segundo Batman (The Dark Knight), y en la que Tim Burton, supongo que por ética, jamás se atrevió a incurrir, fue la de sacar a Batman y al Joker de un entorno explícitamente fantástico para trasplantarlo a otro realista, donde se nos invita a pensar que se está hablando del ‘aquí’ y el ‘ahora’, por mucho que cartelones y rótulos nos identifiquen la ciudad como Gotham. La maniobra (típica del experimentado trilero que siempre ha sido su director desde Memento) le permitía a Nolan jugar al mismo tiempo con dos barajas -o con cartas marcadas, como prefieran- utilizando el ‘realismo’ para darle fuerza, dureza e inmediatez, guiñando al presente, y, por otra parte, el fantástico para resolver inconsistencias dramáticas, agujeros de guion y soluciones de puesta en escena que el género le posibilitaba, porque, ya se sabe, “es que se trata de una película fantástica que sólo debe obedecer a sus propias leyes”. Todd Phillips y Scott Silver vuelven a aprovechar ese regalito envenenado que Nolan le sirvió al universo Batman y lo hacen con tal éxito que mucha gente se ha atrevido a hablar de Joker como un film político o social, cosa que obviamente no es, pero sin la cual tampoco sería nada, porque tampoco es exactamente un film de superhéroes.

¿Qué es entonces? Permítanme seguir un poco más diciendo lo que no es. Ya hemos visto que no es un film político (el personaje de Phoenix no se cansa de decirlo, hasta en antena delante de una audiencia masiva, no sólo la de Gotham, sino la de los espectadores de medio planeta que vemos la película, y a la que se nos dice una y otra vez: “ojo, esto no va de política, no vayan a confundirse”), o en todo caso no es un film político desacomplejado y sin miedo de serlo: por eso los noticiarios nos informan de que los policías linchados han sobrevivido o por esa misma razón Joker se dedica a matar a pobres diablos como él (ni siquiera asesina a De Niro en directo por su significación como figura mediática, o sea figura de poder, si no por (des)afecto, por haber sido ridiculizado por alguien a quien admiraba y a quien consideraba como un padre artístico), que previamente se han ganado a pulso la antipatía del público (los acosadores a una indefensa mujer en el metro, el compañero que lo enmarrona con la pistola, etc.), en vez de matar a su supuesto padre biológico, culpable de su abandono infantil, que es también el político responsable de su miseria actual (la políticas de recortes sociales que lo han dejado sin medicación).

La película decide adentrarse, y la elección no es ni accidental ni impremeditada, por la vía de menor resistencia, por la fácil, efectista, emocional y cobarde, pero que siempre funciona entre los canallas (véase Haneke), y no es otra que construir una escena fuerte, de choque, inculpando, erróneamente, de todos los males del protagonista al personaje que hasta ese momento nos había dibujado como el más frágil, vulnerable, con menor responsabilidad política, y aplicarle un castigo ejemplar: la madre, a la que Joker ajusticia sin que el realizador condene el acto, es más, lo filma casi como una liberación para todos, a ambos lados de la pantalla. Pero el espectador (no la película) que logra escapar de la fascista dirección hacia la que Phillips pretende dirigir su mirada y pensamiento no puede evitar preguntarse si todo lo que el personaje de Phoenix ha leído en el informe psiquiátrico no podría ser sino otra manipulación más del todopoderoso magnate de Gotham o seguir preguntándose por qué es su anciana y enferma madre, y no el hombre que lo violó, la que tiene que pagar por los abusos que sufrió en su niñez. Y esa cobardía, humana y política, de un film que no cesa de amagar que va de lo que en realidad no va y que es lo que en realidad no es (lo que comúnmente se llama hipocresía) acaba incluso afectando a la coherencia de la obra dentro de su propio universo cerrado, pues obviamente este personaje, que en ningún momento comete crimen alguno que no nazca de la emocionalidad, visceralidad e individualidad más primaria, infantil y equivocada (la revuelta ocurre de espaldas a él y pese a él; revuelta que Phillips jamás es capaz de hacer crecer en paralelo a su drama personal), nunca logra convencernos de que guarde parecido alguno, salvo la risa floja, con los otros Jokers vistos en los anteriores films de Burton y Nolan, capaces de poner a Gotham City de rodillas con actos de terrorismo global. Un psicoanalista que se tomara en serio el film (cosa que su cinismo crematístico dificulta enormemente) diría que la película, el director y el protagonista deciden culpar y castigar a la madre, pobre y neurótica (la sociedad), en vez de al padre, rico y político (el estado), apuntando claramente en qué lugar se posicionan a la hora de señalar a los responsables de los problemas que aquejan hoy a la sociedad… aunque sea a la de Gotham (nótese el chiste).

Por seguir con la broma, Joker tampoco es un film social. Aquí la enfermedad mental del personaje, su miseria económica, que corre paralela a la de la propia ciudad (que quiere deliberadamente parecerse al N.Y. de los años 80), o su soledad, son de nuevo simples ganchos emocionales para la audiencia, son atrezo, utillaje, con los que vestir a un personaje, a una ciudad y a una sociedad, que sin ellos estarían aún más desnudos. La película no habría cambiado en lo más mínimo si, en vez de tener la risa floja, Phoenix hubiera sido un frutero amargado que se ha visto obligado a cerrar su negocio porque el banco ya no le fía, pero sí lo habría hecho, y mucho, si fuera un taxista como Travis Bickle: facha, cabreado y ex combatiente de Vietnam que, rapado a lo mohicano, quería asesinar a un líder político, aunque sólo fuera para reclamar su propia visibilidad social en el célebre film de Martin Scorsese. A la película y al director la enfermedad mental le importan un rábano, y es una obscenidad (que espero que al menos obedezca a un abultado sobre por parte del departamento de prensa de la productora) definir a Joker como una película que trata la problemática del abandono asistencial y la estigmatización social de los enfermos mentales cuando en realidad su director no tiene el menor reparo en hacer un chiste a costa de un enano y una cadena echada en una puerta tras un crimen.

¿Un film sobre la infancia y juventud de un supervillano disfrazado de film político-social? ¿Un film interpretado por un payaso disfrazado de payaso? ¿Un film de un payaso (The Hangover, War dogs) disfrazado de director? ¿Un film de la Warner de 2019 disfrazado de la Warner de los 30 que producía sus películas pensando en -el dinero de- la clase trabajadora (Ja Ja Ja!!!)? Llegados al final creo que estamos en mejor posición para atrevernos a apuntar qué podría ser un producto como Joker. Resumiendo mucho, nos aventuramos a sugerir que es algo así como la posmascarada definitiva para una sociedad y un cine que ya no pueden hablar de ninguno de los problemas del mundo actual sin colocarle una máscara ridícula, hipócrita y distorsionante so pena de crear tal hoguera que las llamas lleguen hasta el techo del Empire State Building. ¿Creías estar participando en una revuelta social contra los nuevos recortes del Fondo Monetario Internacional? ¿Creías estar escribiendo una crítica de cine en un periódico de gran tirada, o en una revista especializada, sobre la última película ganadora del León de Oro de Venecia y probable ganadora del Oscar? No, payaso, sonríe y aplaude, las luces se encendieron hace ya mucho y los comerciales y ejecutivos aparecieron entre carcajadas tras las llamas y barricadas para anunciarte que tan sólo se trataba del preestreno de la nueva y costosa película de la Warner y DC -ya saben, Warner y DC patrocinan la siguiente jarana posrevolucionaria y poscinematográfica-, que, por cierto, tampoco era tal película (el reguero de pistas falsas, Taxi Driver, The King of comedy, Network, The Clockwork orange, pone fácil seguir el rastro del ladrón), sino la enésima pospayasada de las dos productoras para seguir pegando fuerte en Bolsa, ahora vete a casa a acostarte un rato y no rompas nada más por el camino; por cierto, antes de irte, no se te olvide pasar por caja y pagar el precio de la entrada, se admite tarjeta, lo necesitamos para seguir teniendo abierto nuestro circo neoliberal del que tanto te quejas y que tanto te debe.

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