Morir por ella, vivir por ellas

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La Jalousie (Philippe Garrel, 2013)

La imagen con la que se abre La Jalousie nos muestra, en un plano medio, a una mujer que llora porque su pareja, también padre de su hija, se dispone a abandonarla. De no ser por el blanco y negro y el encuadre en formato panorámico, típicamente garreliano, que coloca a la figura en un extremo del plano dejando las otras dos terceras partes de este ocupadas por una pared, se diría que estamos ante La mujer que llora (La femme qui pleure, Jacques Doillon, 1979). En la siguiente imagen, una niña -interpretada por Olga Milshtein, que debutó con Doillon en Un enfant de toi (2012)- escucha desde su cama la conversación entre sus padres, manteniendo vivo cierto vínculo entre la antepenúltima cinta del autor de Les amants réguliers y otro cineasta de su misma generación que algunos desnortados hace tiempo que dan por perdido, pero al que habría que volver habida cuenta de sus cuatro excelentes últimos trabajos; tan poco interesados por los focos y el ridículo protagonismo festivalero como íntimamente reveladores de la personalidad cinematográfica de Doillon: Le premier venu (2008), Le mariage à trois (2010), Un enfant de toi y Mes séances de lutte (2013).

Hablar de Garrel es hacerlo también del proceso que supone pasar el testigo, legar algo valioso para quien lo vivió, dejar una herencia estética y moral a los que nos van a suceder y al mismo tiempo haberla recibido con amor, atención y respeto de aquellos que, por lazos de amor, de sangre, de amistad o de simple camaradería, llegamos a sentir como nuestros iguales. La Jalousie vuelve a articularse sobre esa fértil transferencia de paternidades y amistades, razón por la cual en el guion volvemos a encontrar a su habitual Marc Cholodenko, acompañado -como en la anterior Un verano ardiente (Un été brûlant, 2011)- por la pareja de Garrel, y madre de su segunda hija, Caroline Deruas-Garrel y también por Arlette Langmann, que junto al montador Yann Dedet y el director de fotografía Willy Kurant fueron colaboradores de Maurice Pialat. Por cerrar aún más el círculo, aquí, junto al últimamente habitual Louis Garrel encontramos también a su hermana, Esther, ambos hijos de la relación que Philippe tuvo con Briggitte Sy, y que en la película hacen de hermanos y responden a sus verdaderos nombres, sin que la cinta tenga nada de esa exhibicionista literalidad autobiográfica que el mal cine esgrime impúdicamente como inequívoco signo de sinceridad y fidelidad a la ‘verdad’. Falta el malogrado Maurice Garrel (al parecer el verdadero protagonista de esta historia y a quien está dedicada, vivida en sus carnes cuando tenía la edad que ahora tiene su nieto, que la protagoniza), al que la película no se priva de buscarle un sustituto; y sino directamente a él (transferencia que se nos antoja imposible), sí a esa memorable figura paterna que ha venido representado últimamente en las cintas dirigidas por su hijo. Efectivamente, aquí lo hace incluso por partida doble, un referente para cada uno de los dos personajes que forman la pareja protagonista: un comprensivo profesor para Louis Garrel y un venerable escritor para Anna Mouglalis.

La Jalousie, que transcurre en uno de esos metrajes -escasos 77 minutos- que sólo algunos pocos elegidos como Robert Bresson podían permitirse, está dividida en dos mitades, de similar minutaje, que responden a los títulos de J’ai gardé les anges y de Le feu aux poudres. Garrel nos cuenta la historia de un hombre en la treintena, actor de teatro, que se enamora de una atractiva actriz en paro, abandonando por ella a la madre de su hija. Sin que ninguno de los dos tenga dinero, viven una historia de amor compartiendo un pequeño y triste piso de alquiler. Poco a poco, la precariedad económica de la situación en la que viven, y el temor a que el amor la mantenga unida a un hombre que no puede aportarle los mínimos materiales que necesita para su felicidad, empujará a la mujer a comenzar una serie de encuentros furtivos. De uno de ellos saldrá la posibilidad de prosperar económicamente aún a costa de poner en crisis su relación, lo que finalmente sucederá provocando una ruptura que lo empujará a él a un intento de suicidio.

El título de este Garrel, que abre una trilogía dedicada al deseo femenino, puede llevar a confusión entre aquellos que gusten anticipar lo que una película puede ofrecerles; en Garrel, esos celos no muestran su habitual exhibición histérica, sino que son más bien la barrera con la que uno de los personajes se topa cuando se le ofrece una posible solución para poder continuar con la mujer que ama, y que lo ama, sin tener que abandonar su vida en el teatro ni plantearse hacer otra cosa para elevar sus modestos ingresos y salir del agujero en el que viven. Esa posibilidad pasa, como algunos ya habrán adivinado, por compartirla, cosa que ya hacía antes, pero ahora siendo plenamente consciente de ello. Su negativa ante la proposición, que a él se le antoja monstruosa, precipitará la tragedia.

Garrel vuelve a elegir, otra vez, el suicidio, pero el destino y la película parecen contradecirle eligiendo, esta vez, la vida. Y no es accidental ni casual ese giro en una película que tiene todas sus habituales figuras: las maravillosas mujeres garrelianas (esta vez encarnadas por Anna Mouglalis, Rebecca Convenant, Esther Garrel, Emmanuela Ponzano, Olga Milshtein, etc.), la sincera intimidad a la hora de mostrar una relación de pareja, el lirismo seco y al mismo tiempo cálido, la generosidad de su mirada, la honestidad de sus sentimientos y los habituales referentes paternales, pero sin embargo se acaba deslizando, por una finta del destino, por el camino de la resistencia, de la presencia, cuando todo parecía invitar a la desaparición. La respuesta tal vez esté precisamente en las dos figuras femeninas que prolongan y continúan el personaje de Louis Garrel: su hermana Esther y su hija Charlotte, con ellas dos se cierra la película en una escena, absolutamente genial, rodada en el banco de un parque mientras comparten una bolsa de cacahuetes, cuando Louis se ha recuperado ya de su intento de suicidio: no se dicen grandes cosas ni se perora, no se ofrecen lecciones vitales ni hay lamentos quejumbrosos por los amores perdidos…y sin embargo la vida, como la veladura de las colas de los rollos de película, se cuela a borbotones por los fotogramas. Esa es la grandeza inimitable de Philippe Garrel, la misma que nos enmudece al principio de la cinta al pasar con un simple corte de montaje de un plano master, donde se ve a Louis y a su hija en una parada de autobus en una tarde invernal, a un primer plano picado de los rostros de ambos, compartiendo nada más y nada menos que el estar juntos, en ese instante, en ese preciso momento de una tarde cualquiera, de un día cualquiera. La cámara filma sin esfuerzo lo invisible: la transferencia silenciosa de ese amor, la entrega de un legado inagotable.

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