Sobre el Puente del Norte hay un baile

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Le Pont du Nord (Jacques Rivette, 1981)

A muchos les parecerá temerario intentar decir algo nuevo e interesante sobre Le Pont du Nord tras el texto fundamental escrito por Serge Daney en Libération en Marzo de 1982. Pero lo bueno de Rivette, entre muchas otras cosas, es que es uno de esos pocos cineastas que a pesar de su timidez y su rechazo a mezclar vida privada y carrera artística ha acabado estableciendo una relación muy especial con sus seguidores. Una relación de la cual el propio cineasta se siente orgulloso, de ahí que le comentara con satisfacción a Daney que le encantó recibir, tras el estreno de Céline et Julie vont en bateau (1974), una carta de una admiradora con la huella roja de la palma de una mano impresa en el sobre.

Aunque la obra de Rivette pueda parecer secreta a primera vista, replegada sobre sí misma y poseedora de unas claves codificadas que requieren su propio rito de iniciación, no es menos cierto que su naturaleza ocasionalmente juguetona y habitualmente conspirativa, su perdurable belleza, y porqué no, su delicada sensualidad, invitan precisamente a esa relación emocional y duradera entre quienes se han mostrado permeables a sus divertimentos.

Esta vez la excusa perfecta, como si la necesitara, para volver a Rivette ha sido la edición en Reino Unido de Le Pont du Nord en HD, cortesía de Eureka a través de su serie Masters of Cinema. Se trata de una exclusiva a nivel mundial, pues hasta el momento, ninguna de sus obras había salido a la venta en Blu-Ray. Además, hasta donde yo sé, y a pesar de que desde hace algún tiempo circulaban copias en Internet, la anterior edición en DVD de Le Pont du Nord ni tan siquiera tenía edición francesa, y sólo existía una japonesa, que fue la que propició los ripeos hasta ahora disponibles en los portales de descargas.

No es caprichoso traer a colación el hecho de su edición en Alta Definición porque precisamente es ésta la que nos permite establecer una relación más orgánica y mucho más íntima entre la obra y el espectador, algo sustancial en todo el cine de Rivette y particularmente aquí, donde acompañamos sin interrupción a ambas protagonistas (Bulle Ogier y su hija Pascale) en sus vagabundeos por Paris.

Le Pont du Nord -desde siempre uno de mis Rivette favoritos- nace del visible deseo de rodar una película, lo que la convierte también en la crónica de ese rodaje -sin que éste necesite mostrarse- llevado a cabo por Rivette y sus chicas (aquí las dos Ogier y Suzanne Schiffman, que son sus coguionistas), al mismo tiempo que no deja de ser también una crónica del París -y sus 20 distritos municipales, que Rivette jamás abandona durante el metraje- de 1980 y su maravillosa luz a finales de octubre y principios de noviembre.

El carácter exultante de su vitalidad viene precisamente de que, como en el cine de Rozier, el filme se empapa de esa aventura que supone hacer un filme sin red, o sea sin guion -que siempre tiene algo de aventura quijotesca-, o con éste como simple punto de partida para un work in progress vivo y atento, que no deja de incorporar a las imágenes y a la banda de sonido lo que ocurre a su alrededor: desde un accidente de tráfico real a un rayón en el negativo, reutilizado inteligentemente por Rivette en la magistral secuencia final. Y no es gratuito citar aquí a Rozier -incluso más que a Cassavetes y a Altman, a los que Rivette nombra en una entrevista con Daney & Narboni aparecida en Cahiers du Cinéma en el nº de Septiembre de 1981- con quien comparte, además de a Jean-François Stevenin, el mismo gusto por hacer sentir al espectador la aventura de ese rodaje y el inmenso deseo de filmar. También el mismo gusto por la luz y sus cualidades naturales -maravillosamente registradas por dos maestros como Caroline Champetier y William Lubtchansky- que en Le Pont du Nord son esenciales para que en Alta Definición contribuyan a esa experiencia de habernos hecho sentir que de alguna forma hemos logrado habitar el filme -el frío y el paso de las horas con sus cambios de luz-, no sólo emocional y sentimental, sino también espacialmente, algo esencial si tenemos en cuenta que nadie jamás logró rodar en las calles -sin necesidad de convertirlas en un controlado y muerto plató cinematográfico- como lo hizo la Nouvelle vague.

Hay una canción infantil tradicional francesa que se llama Sur le Pont du Nord, donde se narra la celebración de un baile adonde una chica desea ir, pero su madre se lo prohíbe. La película de Rivette tiene también mucho de juego, descubrimiento y aventura lejos de las cadenas y barreras que nos lo prohíben; aunque ahora, ya en la edad adulta, los peligros y amenazas sean mucho mayores de lo que lo fueron durante la infancia. Y en este punto, debo confesar que su nuevo visionado en HD ha ejercido sobre mí el mágico efecto de la magdalena proustiana. Fui un niño que vivió su infancia en la España del desarrollismo y la dictadura, en una pequeña localidad del extrarradio madrileño, y la película de Rivette está salpicada de esos mismos “no lugares”: descampados, estaciones, ruinas y callejas que fueron nuestra verdadero hogar, convirtiendo nuestra niñez en una permanente aventura de invención de un mundo inmensamente menos feo y gris del que nos había tocado vivir. Con las sucesivas remodelaciones urbanas, con la desaparición de esos lugares donde vivimos acontecimientos fundamentales de nuestras vidas va también desapareciendo algo de nosotros, es como si de alguna manera la ciudad ya no nos perteneciera y hubiera pasado a manos de las generaciones siguientes. Supongo que entonces es el momento de irnos a otra parte, reconstruirlas en la memoria o encerrarnos en interiores. Rivette no volvió jamás a filmar París así -aquel París que ya le pertenecía en 1961- y yo, después de treinta años, cometí el error de volver a la ciudad de mi infancia para comprobar con pesadumbre que ya no existía.

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