El placer de estar equivocado

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The Last days of disco (Whit Stillman, 1998)

Tal vez sólo haya una cosa más placentera que tener razón y es estar equivocado. Me explico: es innegable, y fácilmente comprensible, el placer que se experimenta cuando, pasado el tiempo, vuelves a ver una película que defendiste contra viento y marea frente a colegas, amigos, contertulios habituales y demás opinantes ociosos con los que uno suele debatir sobre cine y otros asuntos mundanos, y compruebas que ahí sigue, tan desafiante y singular como cuando te encontraste con ella años ha, es más, no pocas veces el tiempo ha terminado jugando a su favor y haciendo realidad ese proyecto embrionario, esa promesa que, a pesar de no ser plenamente visible ni estar aún del todo madura en el momento de su estreno (o mejor dicho, el momento cinematográfico, histórico, político, social no estaba del todo maduro para ella), supiste intuir. Pero como decía, hay un placer aún mayor, y tal vez no tan evidente, que es el de estar equivocado. Se puede estar equivocado de dos maneras muy distintas: la primera, infinitamente menos gozosa, sucede cuando se te cae una película que te gustaba. En realidad, es menos disfrutable no tanto por la decepción en sí, sino porque realmente no aporta gran cosa ni descubre nada, en todo caso se limita a señalarte lo poco que sabías entonces. La decepción en realidad no es tal, porque a nivel inconsciente no dejaste de hacer una relectura del camino recorrido y sabías, con absoluta certeza, que determinados itinerarios no resistirían un nuevo viaje sin que te asaltase el tedio y la decepción; es como la traición del amigo y el engaño de la amante que mucho antes de que sucediesen sabías que ocurrirían, en parte porque los provocaste con tu actitud o porque hace tiempo que descubriste que ya no eran para ti ni tú para ellos. Por todo ello, la mejor manera, tal vez la única, de disfrutar habiendo estado equivocado es cuando te topas con algo que hace mucho tiempo te desagradó y ahora caes arrebatado por su encanto, por su irresistible belleza. La experiencia, además de demostrarte que no eres un monolito y que te has movido en alguna dirección, te permite -en el caso de cineastas con carreras extensas- encadenar una serie de títulos que a buen seguro redoblarán con creces las sabrosas expectativas que el descubrimiento de tu error generó.

La primera película que vi de Whit Stillman fue su debut, Metropolitan (1990), en la primavera de 1991, cuando contaba veinticuatro años. La cinta había conseguido un modesto, pero respetable, éxito entre la crítica norteamericana y se estrenó en España sin pena ni gloria (aunque compruebo con sorpresa que fuimos 60.000 personas a verla, lo cual no está mal para una producción independiente y pequeña rodada en 16 mm), gracias a su nominación a los Oscars al mejor guion original, para el propio Stillman que, por supuesto, no se llevó. No sé qué esperaba ver cuando acudí al cine -probablemente algo más facilón, al estilo Diner (Barry Levinson, 1982)-, pero recuerdo que salí estomagado por aquella pandilla de pijos neoyorquinos y su incesante cháchara. No recuerdo si por aquel entonces conocía ya el cine de Eric Rohmer, probablemente no, pero no creo que faltaran más de dos o tres años para que me topara con Cuento de primavera (Conte de printemps, 1990) y Cuento de invierno (Conte d’hiver, 1992) en un pase televisivo en la 2 durante la madrugada de un verano.

No me volví a cruzar con Stillman hasta el estreno de su siguiente película, Barcelona (1994), cinta que, obviamente, no fui al cine a ver. Pero como siempre me gusta darle más de una oportunidad a un director -especialmente cuando soy capaz de intuir que me he perdido cosas y que el problema tal vez haya estado en mí y no en el autor- la alquilé posteriormente en vídeo para perpetuarme en mis primeras impresiones. Me olvidé a partir de entonces de él y no hice nada por ver The Last days of disco; bueno, no hice nada ni yo ni al parecer casi nadie en este país, pues la vieron 3.000 personas en su estreno en sala.

Stillman desapareció del panorama durante nada menos que trece años para volver el año pasado con Damiselas en apuros (Damsels in distress, 2011). Ni que decir tiene que no hubiera movido un dedo por ver su nueva película de no haber sido por los parabienes procedentes de colegas a los que aprecio y estimo. El shock fue de impresión, Damiselas en apuros -probablemente la mejor película norteamericana de la temporada 2011-2012- se resiste a ser categorizada o a parecerse a nada. Su tono, su modulación, su constante inventiva y juguetones cambios de registro la convierten en una pieza de un encanto irresistible que revela la personalidad única de su autor dentro del cine norteamericano contemporáneo. Es tan evidente su atractivo que sería difícil, si fuera esta la primera película que se viera de su director, no reparar en Stillman -guste o no, se sintonice o no con su propuesta- como un auteur a todas luces impresionante.

Para confirmar lo que yo había cambiado vivencial y cinematográficamente -Stillman tal vez requiera haber pasado por varias etapas y varios directores, especialmente europeos y ligados a la modernidad, para admirar lo difícil que es hacer lo que hace con la ligereza con la que lo hace- decidí volver a ver Metropolitan y ver por primera vez The Last days of disco, aprovechando que Criterion las había editado en HD.

A veces, por desgracia no muy frecuentemente, el cine se convierte en un espejo mágico que te permite, gracias a una determinada película vuelta a ver años después, comprobar en una hora y pico todo lo que has cambiado en veintitantos años. En efecto, Metropolitan se parecía muy poco a la película que yo recordaba, si acaso sólo en la superficie. Seguía habiendo neoyorquinos pijos y cháchara incesante, seguía habiendo el grano gordo de los 16 mm hinchados a 35 mm, pero ahora había una voz, un tono, una modulación -al igual que en Damiselas en apuros-, que yo no supe ver en su día, absolutamente únicos en su calidez, en su compasión fraternal por ese grupo anacrónico de amigos cuyos miedos, cuya humanidad, cuyas carencias y afectos se escondían bajo interminables juegos de palabras y ocurrencias, que en realidad revelaban aún con más desesperación su necesidad del otro. Hay una escena muy al principio de la película que te atrapa de tal manera que ya va a ser imposible que puedas desligarte de Stillman y sus chicas y chicos, es después de la primera noche que el personaje interpretado por Edward Clemens pasa con el grupo de pijos neoyorquinos que ha conocido accidentalmente mientras tomaba un taxi: Clemens despierta en el apartamento que comparte con su madre y se prepara el desayuno por la mañana temprano con la luz natural del amanecer que baña la estancia, maravillosamente captada. Stillman muestra una actividad cotidiana en un espacio real tras una primera noche de grandes promesas que aún no han acabado de manifestarse. El espectador intuye cosas que el protagonista aún no sabe y que Stillman aún no ha mostrado, pero que de alguna extraña manera están ya ahí, en esa mañana de Navidad como cualquier otra, pero que ya no es exactamente igual a cualquier otra: la promesa del amor, la esperanza de una nueva vida compartida.

The Last days of disco [estrenada el mismo año que Studio 54 (Mark Christopher, 1998), en el que la mediocre cinta de Christopher se llevó el gato al agua, hundiendo a esta, cuyas ridículas cifras en taquilla sin duda contribuyeron al largo silencio de trece años que ha mantenido a Whit Stillman alejado de las pantallas] puede parecer una película más convencional, pero esa falsa impresión es sutilmente dinamitada por Stillman, siempre tan inventivo y generoso en cada escena, en cada personaje, en cada línea de diálogo, en cada simetría con Metropolitan. La aparición en los créditos de productoras como Castle Rock o Universal no lo alejan en nada de sus intenciones y, en realidad, sólo sirven para que las localizaciones sean más abundantes y luzcan mejor. De hecho, habrá que esperar a Two lovers (James Gray, 2008) para volver a ver una Nueva York tan real, tan auténtica y tan verdaderamente en sintonía con los protagonistas del filme, como parte indisoluble de ellos: calles, apartamentos, oficinas, bares y discoteca, todo interactúa con los personajes y todo es habitado y modulado por ellos y viceversa. Stillman es quien insufla vida al conjunto, con comentarios que casi nunca escuchamos en el cine de Hollywood -al cual la película juega al mismo tiempo a pertenecer y a esquivar- como el que los padres de las protagonistas, jóvenes trabajadoras, les ayuden a pagar el alquiler de su nuevo apartamento, o como que un personaje sea desenmascarado, por su jefe mafiosete, por su uso en una frase del past tense. Una vez más, como en todo su cine, vuelve a aparecer el grupo de amigos -y las verdaderas y falsas lealtades-, y su película se detiene en ese momento de la vida en el que se empieza a decidir quiénes somos y con quién queremos estar. Los últimos días de la música disco, y de la discoteca a donde acuden, son también los últimos del grupo antes de evolucionar hacia la pareja.

The Last days of disco tiene muchas luces, una de ellas tan cegadora como el papel escrito por Stillman para Chloe Sevigny y la interpretación de esta. Admirable y conmovedora creación, por sí sola una obra de arte, su brillo ilumina la película hasta su portentoso final al ritmo del Love train de The O’Jays. Y con Stillman, nosotros también le deseamos a Alice que siga bailando junto a Josh en su nueva vida.

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