Historia de un grito

Ahed’s knee (Ha’berech, Nadav Lapid, 2021)

¿Ha llegado ya el israelí Nadav Lapid a tocar techo, sigue incluso en meteórica ascensión o, por el contrario, comienza a dar síntomas de lógico desfallecimiento? Créanselo o no, pero su última película, Ahed’s knee, no muestra el menor atisbo de haber entrado en crisis o de haber agotado ni la intensidad ni la modulación de su grito, tampoco la endiablada habilidad que tiene para tocar infinitos resortes pese a estar siempre en un registro alto e hipertenso y seguir dando vueltas con inventiva, pulso y vibración al mismo tema: la identidad y el desgarro que le produce rechazar a su país y, al mismo tiempo, sentir dolor por el destino de su pueblo, al que, como demuestra su última obra, ni considera rehén ni disculpa de la política ejercida por sus gobernantes, tampoco de la elección de estos.

Ignoro por qué (o creo saberlo tan perfecta y aburridamente que prefiero ignorarlo) pero Lapid no cae bien; como Godard tampoco caía bien en los años 60, ni supongo que prácticamente nunca en determinados círculos. Supongo que a algunos no les caerá bien por ser israelí y a otros porque es el único buen cineasta actual verdaderamente joven en su forma de filmar, lo cual significa que para estos últimos sólo obtendrá reconocimiento 30 años después de haber firmado sus mejores películas y cuando las enciclopedias de cine hablen muy bien de él, entonces se apresurarán (como ya ocurrió con otros muchos, el mismo Godard, o Buñuel, o Lynch, o aventuro que el mismísimo Almodóvar sin ir más lejos) a decir que siempre les gustó. Reconozco que Lapid a veces es insultante y demandante (eterno adolescente herido), le gusta abofetear la mediocridad y cuando atrapa hueso es un verdadero Pitbull, mitad boxeador, mitad bailarín, y ambas dualidades conforman, aunque muchos no lo entiendan, las dos caras de la misma moneda. En su día, The Kindegarten teacher (Haganenet, 2014), su segundo largometraje, habría bastado para que la mayor parte de sus contemporáneos soltara la cámara y se dedicara a cultivar boniatos. Era tan apabullante su talento cinematográfico y su forma de evitar el discurso mediante la metáfora que sobre cada una de sus puñaladas crecía una rosa. Su juego con la cámara tenía tanta madurez y pegada como para resultar contundente y profundo pese a la (nada impostada) juventud experimentadora de sus formas.

Muchos de quienes van al cine a hacer cualquier cosa menos a analizar las imágenes dirán que Ahed’s knee es un alegato contra la censura y por la libertad de expresión, lo cual, sin ser falso, les habrá privado de apreciar lo más interesante y único que tiene Lapid como cineasta de rimas descarnadas que conectan la orfandad y la pertenencia, el dolor por ser un renegado y un disidente político con el anhelo de pertenecer a un pueblo trasmutado en sociedad cómplice de crímenes de lesa humanidad. Aquí tenemos, de nuevo, a un cineasta errabundo y expatriado en busca de hombros sobre los que verter sus lágrimas y de congéneres a los que poder llamar hermanos. Lapid, incluso ubicado ahora en Israel, sigue en el exilio; el suyo es principalmente un exilio interior, por eso a veces, como en Synonymes (2019), cree ver el espejismo de un alma afín en París y no en Tel-Aviv. Aunque pueda sorprender, los temas de Lapid, y su dolorosa necesidad de arraigo y pertenencia, no están tan alejados de los de, pongamos por caso, un James Gray, lo que pasa es que el primero es esencialmente moderno y el segundo un pos/neo clásico que se expresa a través de los géneros. Digamos, para terminar con los parecidos-diferencias, que Lapid busca a su madre (durante mucho tiempo sostén y montadora, y fallecida en 2018) y Gray, como buen americano, al padre ausente. En Ahed’s knee los diálogos mentales y las videocartas a la madre, aún enferma en el recuerdo, son realmente conmovedores.

Ahed’s knee es la historia de un director de cine al que alguien ha tenido la pésima idea de creer poder enjaular, y no hay que rascar mucho para descubrir algo más que un parecido razonable. A los amantes de los impostores que colocan trasuntos que mendingan empatía y solidaridad de la platea les anuncio que el alter ego de Lapid es tan seco, amargado y desagradable como cuando Maurice Pialat se filmaba como actor en sus películas o ponía a Jean Yanne a hacer de él. Pero su última cinta es también el proceso de un desenmascaramiento (o de un doble desenmascaramiento), y de una toma de conciencia (aunque sea por las bravas), el de una joven y bella funcionaria del ministerio de cultura, a la sazón admiradora del cineasta, que le invita a la biblioteca de un pequeño pueblo en medio del desierto a presentar una de sus películas y participar en el posterior debate. El peaje que hay que pagar, y que descubrirá in situ, es firmar un documento, secreto, donde se compromete a evitar todas aquellas preguntas que traten la cuestión palestina o puedan comprometer al gobierno israelí; la negativa a firmar el formulario, que han signado sin titubeos otros cineastas y literatos invitados, es el ostracismo artístico.

Con este material se podían hacer muchas películas, pero ninguna como la que hace Lapid. Aquí tenemos a una bella desconocida, para más inri inocente, o con la suficiente inteligencia como para disfrazar su culpabilidad e irresponsabilidad de inocencia, a la que hay que destruir para desenmascarar al ministro de cultura. Ella, que jamás es dibujada como una malvada, al contrario (y ahí descansa parte del drama), representa a una eterna generación de inconscientes voluntarios, e irresponsables, que te largan un atentado institucional como este con una maravillosa sonrisa diciéndote que es tan solo un trámite burocrático, o abren la llave de paso que libera el Zyklon B de las duchas de los campos de exterminio alegando que únicamente giraban una manivela o depositan un papel en una urna para darle el gobierno del país, por ejemplo, a Benjamín Netanyahu.

Confieso que estoy ansioso por leer a los grandes amantes de la narrativa, el pulso, la tensión y el ritmo del cine norteamericano lo que tienen que decir de los 40 postreros minutos de la última película de Lapid que, literalmente, te dejan sin respiración. No creo que encuentren muchas cosas así en la cartelera actual, y mucho menos de los que en su partida de nacimiento aparecen como nacidos a lo largo y ancho de los States… pero, ¡Ay! Lapid es, cinematográficamente, europeo, moderno y odioso, además, se afana con obstinación en hacerle una guarrada a una chica guapa de mirada angelical frente a su familia y amigos que la adoran por trabajar para el gobierno y haber salido de ese agujero en el desierto para encontrar empleo en la capital. Y así aparece ella, plantada en el cine fórum, ignorante de la trampa, presta a la inmolación frente al cineasta embaucador al que admira y tal vez algo más, rodeada de su familia (que hace tartas para los asistentes) e incluso acompañada de su hermana pequeña, tierno ángel redentor que, en su inocencia, aún cree que canallas como Lapid tienen salvación.

Hago una pausa y dejo para el final lo mejor. Antes me detendré un instante en, otra vez, las historias de la mili de Lapid, aquí de nuevo verdadero túnel del tiempo que tal vez acaben también desenmascarando al propio cineasta. Esos microrrelatos que Lapid engarza primorosamente con el cuerpo principal del guion son el nudo que conecta la microhistoria con el bosquejo de una historia nacional repleta de mentiras tejidas sobre la masculinidad, la resistencia y la lucha interminable frente a enemigos invisibles; también la muerte, tan falsamente heroica como ridículamente patética.

Ahed’s knee, que empieza con una moto de gran cilindrada bajo la lluvia y acaba con la imagen de un paisaje a través de la ventanilla de un avión, tiene el mejor plano que yo he visto este año. En una larguísima escena en el desierto entre la funcionaria y el cineasta, mientras la película literalmente se queda sin luz natural, él acepta la claudicación (en realidad asume interiormente que llevará su engaño a la joven hasta sus últimas consecuencias) y firma el documento sobre la espalda de ella. Tras firmar, la cámara sube unos centímetros y encuadra durante pocos segundos su nuca: hermosa, frágil, tentadora, inocente, tierna e ignorante de su cruel destino. La filmación, sin retórica alguna, de ese trozo de piel ejemplifica la prodigiosa capacidad de Lapid para golpear (políticamente) y acariciar (fraternal y amorosamente).

El pandemónium final, con el cineasta tirado al suelo y pateado en el cine fórum, insiste en lo ya visto pero le sirve al protagonista, y por ende al cineasta, para verter su llanto desgarrado frente a una turba furiosa que, curiosa contradicción, apuesta por provocar un linchamiento (del inocente que consideran culpable) para evitar un suicidio (de la culpable que consideran inocente porque es como ellos). En pleno desierto el autor de Synonymes derrama sus lágrimas más amargas, su llanto sin consuelo. Y no existe torniquete posible para esa hemorragia porque la triste e irresoluble paradoja es que Lapid quiere golpear y, al mismo tiempo, anhela abrazar a sus compatriotas. Está condenado, y lo sabe, a formar parte de ese pequeño grupo de autores al que el mundo (o su país) detesta porque siempre les muestra una imagen de ellos mismos que odian contemplar.

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