El que acecha en el espejo

Bigger than life

Bigger than life (Nicholas Ray, 1956)

Entre la multitud de obras maestras que salpican la carrera de Nicholas Ray, Bigger than life resulta modélica para adentrarse en los rincones oscuros de una cinematografía, la norteamericana, que volvió de la II Guerra Mundial con imágenes imposibles de borrar y terrores difíciles de acallar, y acabó deslizándose por la segunda mitad del siglo XX envuelta en el miedo nuclear y la paranoia anticomunista.

Hay muchas cosas que celebrar en el cine de Nicholas Ray, pero al volver a contemplar una película como Bigger than life toca pensar de nuevo en la rica inventiva de Ray y, especialmente, en su capacidad para colocar debajo de la línea de flotación siempre más de lo que a primera vista se apreciaba en la superficie.

La película, protagonizada por un soberbio James Mason, es, efectivamente y sólo en primer término, un drama sobre un profesor, aquejado de una extraña enfermedad, que caerá en la adicción a un nuevo medicamento, esencial para mantenerlo con vida. Esta nueva droga, que mantiene a raya su extraña y mortal dolencia, lo convierte al mismo tiempo en un adicto, cada vez más dependiente de los efectos eufóricos del compuesto que, inicialmente, desinhibe su personalidad pero que a la larga hace aflorar los aspectos más sombríos y peligrosos de esta. Cabe preguntarse si lo que acaba emergiendo tras la máscara social es aquello reprimido de la personalidad del protagonista (y por ende del americano medio de los años 50) o una distorsión de ella provocada por la medicación, pero de eso hablaremos más adelante.

Al avezado lector no se le habrá pasado por alto el parentesco lejano, o no tan lejano, con el famoso relato de Robert Louis Stevenson, con la salvedad de que aquí no hay un científico que decide experimentar en sus propias carnes el milagroso suero, sino un típico americano de clase media (padre de familia ejemplar, profesor de escuela paciente, antiguo jugador universitario de fútbol americano, locutor de una emisora de radio taxis para sacarse unos ingresos extra, etc.) que se ve obligado a consumir una nueva medicina para poder sobrevivir. Nicholas Ray se había adelantado un año al espléndido filme de André de Toth Monkey on my back (1957), donde se narraba el caso real del soldado, y campeón de boxeo, Barney Ross, que fue medicado con morfina para poder soportar el dolor que le producía una herida recibida en la II Guerra mundial, y que acabaría adicto a esa droga de la que tuvo que desengancharse a través de un durísimo proceso de desintoxicación. El propio Nicholas Ray fue un conocido adicto al alcohol y a las anfetaminas, con los que tuvo que lidiar hasta 1976, año en que tras acudir a Alcohólicos Anónimos confesó haber logrado poner punto y final a sus adicciones.

No es gratuito ni un chismorreo amarillista esta última línea dedicada a la vida privada de Ray, y no lo es en cuanto que a partir del conocimiento de este detalle podemos hacer una nueva lectura de las intenciones del propio autor cuando decide incorporar el plano que encabeza este texto y que, en contra de lo que algunos habrán llegado a pensar, no es una imagen sacada del rodaje sino extraída de la propia película, aunque dada su rapidísima sucesión habrá sido invisible para muchos de sus espectadores. Describámosla: el protagonista acaba de descubrir esa tarde, con enorme placer, los efectos dopantes y euforizantes del nuevo compuesto -digámoslo ya, cortisona- y también su lado oscuro (el posterior bajón depresivo en cuanto los efectos psicológicos secundarios se desvanecen), momento en el cual decide olvidar las estrictas recomendaciones médicas respecto a su dosis de administración y comenzar a consumirla a demanda. La duda primero, y la decisión después, se producen delante del espejo del cuarto de baño que no es otra cosa que la tapa del pequeño armario que habitualmente se sitúa sobre el lavabo y donde, además de algunos utensilios de afeitado y aseo, se colocan a veces las medicinas. El momento en que James Mason agarra el bote de pastillas, deposita algunas en la palma de su mano, y decide empezar a consumirlas a su antojo es un plano fijo desde detrás del protagonista que al cerrar la puerta/espejo del amarito revelará tanto el rostro de Mason como el de Nicholas Ray, sentado, en la parte inferior izquierda del encuadre, mientras sobre él se visualiza claramente el parasol del objetivo de la pesada cámara Cinemascope.

Ese gran morceau de bravoure semioculto (única de las fórmulas posibles en las que el Hollywood de aquellos años habría permitido un cameo del autor que no fuera el típico divertimento hitchcockiano) y plenamente intencionado, donde director y actor, persona y personaje -o persona/doppelgänger-, realidad y ficción se miran y encuentran a través del espejo es uno de los más complejos y fascinantes de toda la filmografía del autor de Johnny Guitar (1954). Y lo continúa siendo un poco más cuando, cuestionado por su esposa, James Mason golpea el espejo que se acaba rompiendo, devolviéndole un reflejo múltiple, fraccionado, distorsionado, incompleto de sí mismo.

La nueva imagen: desequilibrada, fanática, y totalitaria del protagonista, que de aquí en adelante acabará dominando su vida privada (hogar y familia) y pública (escuela), es lo que acaba haciendo de Bigger than life una película tan fascinante y anticipadora de los futuros monstruos -y no me refiero precisamente a los que traerá la ciencia ficción de Serie B durante esa década- que acabarán asaltando el cine, la sociedad, la política y la cultura americana en las décadas siguientes.

El monstruoso intruso, fanático usurpador del espacio paterno y destructor de la pacífica vida familiar, ya había aparecido un año antes en Night of the hunter (Charles Laughton, 1955), y volvería a hacerlo, de nuevo encarnado por Robert Mitchum, en Cape Fear (J. Lee Thompson, 1962), pero Nicholas Ray introduce un aspecto mucho más aterrador: la querida y reconocida presencia -en este caso se trata del padre biológico y el marido respetable-, sobre la que comienzan a aflorar desconocidas aberraciones ideológicas y comportamientos megalomaniacos, patológicos y criminales que hacen dudar al espectador inquisitivo si son únicamente achacables a la medicación o estuvieron siempre ahí, latentes, esperando a ser liberados. Sea como fuere, esta pregunta sin respuesta (ese mismo cosmos sin respuestas, o de respuestas tan aterradoras como crípticas, donde conviven el padre de Laura Palmer y Bob, como ven, tampoco estamos tan lejos de la irrupción de David Lynch), le sirve a Ray para anticipar la fractura de un país que en los años venideros tendrá que enfrentarse a nuevas imágenes que, roto el acuerdo tácito que impedía filmar -e invitar a aflorar- lo que había reprimido al otro lado del espejo, interpelarán al americano medio, revelándole desconocidos nuevos rostros -o hasta entonces convenientemente ocultos- de sus funcionarios públicos (gobernantes, militares, policías, etc.), e incluso de familiares y conocidos, capaces de cometer actos hasta ese momento de todo punto inimaginables que terminarán llenando portadas de periódicos y cabeceras de informativos televisivos. El propio James Mason será también el ‘monstruo’ que asalte el hogar de Charlotte Haze y arrebate a su pequeña Lolita en el filme homónimo de Stanley Kubrick que en 1962 llevaba a la gran pantalla la maravillosa novela de Vladimir Nabokov.

Para esta pesadilla sin posible final-milagro (el protagonista tendrá que reconocer y aceptar lo que ha estado apunto de cometer: el asesinato de su familia, además de seguir con la medicación, aunque bajo celosa supervisión médica) Nicholas Ray se sirve tanto de su magistralmente inventivo uso del formato Scope como de las escaleras de la casa para situar en ella varias tensas conversaciones -finalmente incluso una pelea a puñetazos- que exacerban la sensación de desequilibrio y peligro. A todo ello se añade un rico trabajo con las sombras -a veces cuasi expresionistas-, cortesía del director de fotografía Joseph Macdonald. Efectivamente, en la escena en la que Mason castiga al pequeño Christopher Olson en su habitación, la lámpara agiganta y sobredimensiona tanto la figura de Mason como empequeñece la del hijo y la de la esposa, encarnada esta última por Barbara Rush. La siguiente escena es otro momento prodigioso del arte de Ray -cuya poderosa influencia se extiende desde American beauty (Sam Mendes, 1999) hasta de nuevo David Lynch- que convierte la tradicional cena familiar en una insoportable reunión plagada de tensiones, espesos silencios, miradas esquivas, preguntas inquisitivas y peligrosas amenazas: la familia americana se desliza en la pesadilla para años después despertar hecha pedazos.

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