Carcajada de hielo

Stanley-Kubrick

No es Stanley Kubrick un cineasta sobre el que me enloquezca escribir. Primero, porque se ha dicho ya tantísimo, sobre su figura y su obra, que resulta verdaderamente complicado poder aportar algo original a los ríos de tinta que se han vertido sobre su filmografía. Segundo, porque gustándome mucho dos o tres de sus películas hay alguna que detesto profundamente, y no son pocas sobre las que me debato entre la tibia ambivalencia y el helado desapego.

Sin embargo, hay algo que con el paso de los años cada vez me llama más la atención y gusta de su cine, y no es otra cosa que su negrísimo sentido del humor. No me refiero a lo evidente: Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964) o A Clockwork orange (1971), sino a la inesperada aparición de este en cintas como Lolita (1962), y sobre todo en 2001: A Space odyssey (1968) o The Shining (1980), por poner tres ejemplos de las que, probablemente, sean mis cintas favoritas de su carrera.

Stanley Kubrick siempre recibió muchos reproches e incomprensión sobre su dirección de actores, concretamente sobre la interpretación de Jack Nicholson y Shelley Duvall en The Shining, esto, que en el fondo, no deja de formar parte de la misma vieja cantinela: la incapacidad de cierta parte de la crítica -y de los espectadores- para aceptar aquellas obras que eluden en su trabajo de puesta en escena el “realismo” o el “naturalismo”, le servía al cineasta para atacar el cristal con el cuchillo, para agitar la superficie impasible de su lago artificial a la que el golpe seco de la piedra iba a sacudir, creando una serie de ondas concéntricas de energético y devastador caos. No es cuestión de pintar un aguafuerte, sino de crear un marcado -excitante, y en última instancia divertido- contraste entre orden-caos para lo que hacen falta, conviviendo en el mismo plano, un James Mason y un -o tres- Peter Sellers.

El juego -y la mofa acompañándolo- funciona mejor donde menos se le espera, es decir, donde no es tan evidente. Por eso, la segunda parte de la detestable A Clockwork orange es, a pesar de su estructura mecánica, mucho más jocosa que la primera, por eso el vengativo Patrick Magee (que ha sustituido a su mujer violada por un musculado asistente, que no es otro que David Prowse, el futuro Darth Vader), resulta, en su terrible drama, y gracias a su ‘overacting’ y a cómo Kubrick selecciona sus lentes y lo encuadra, tan hilarante, y termina funcionando como contrapunto cómico mucho mejor que el propio protagonista, Malcolm McDowell.

Algo parecido ocurre en Lolita, donde las tres geniales apariciones de Sellers (que no están en la novela, al menos las dos últimas) resultan mucho más desternillantes, y efectivas -por el mencionado juego de contrastes-, que las posteriores en Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb. La famosa escena del falso Dr. Zemph (antepasado del Dr. Strangelove) hablándole a James Mason de que su pequeña Lolita “… is suffering from acute repression of the libido of her natural instincts”, me parece portentosa tanto por el choque de los estilos actorales de Mason y Sellers -y el trabajo de dicción e imitación de un falso acento alemán en el caso del segundo-, como por el juego de antagonistas que Kubrick establece entre acorralado y hostigador, entre burlado y burlón. Lo mismo valdría para la aparición de Sellers en la baranda del porche del hotel cuando por primera vez, escondido en una falsa identidad, hostiga a Mason, en un estilo frenético de gag verbal (puro ‘non sense’, y enteramente creación de Sellers y no de Nabokov), que anticipa en algunos años al célebre Andy Kaufman.

Kubrick está tan absolutamente convencido de que ese contraste caótico que sacude el racional orden -artificio puramente humano- es uno de los pilares de buena parte de su obra (Humbert Humbert vs Quilty) que se la juega en Lolita con las tres grandes escenas de Sellers, que muchos no supieron entender en su día tildándolas de mero capricho del cineasta que desequilibraba el conjunto, o de simple regalo del autor a su estrella Peter Sellers. Huelga decir que no soy de los que piensan así y he intentado exponer aquí algunas de mis razones.

En The Shining la cosa va aún más allá. El cineasta ha depurado el mecanismo y el chiste es más refinado. Soy de los pocos que opina que Nicholson y Duvall están descomunales (parafraseando a Kubrick, si no os gusta Nicholson aquí nunca os gustó James Cagney), ambos han comprendido lo que pretende Kubrick y participan incondicionalmente de ello. Sólo así puede entenderse que Nicholson no sólo se burle del personaje de Duvall antes de intentar atacarla en las escaleras del gran salón, sino de que la burla -el juego- incluya a la propia interpretación de Duvall, que Nicholson imita aún más histriónicamente (“as soon as possible”).

En la escena del cuarto de baño con el antiguo vigilante, Delbert Grady, Kubrick muestra su vitriolo exquisitamente destilado:
-Grady: “Su hijo intenta introducir un elemento extraño en esta situación”
-Torrance: “¿Quién?”
-Grady: “Un negro” (a nigger)
-Torrance: “¿Un negro?”
-Grady: Un cocinero negro (a nigger cook)
Más adelante:
-Grady: Tal vez debería tener con su hijo unas palabritas…si me permite la expresión. Y con su mujer también. A mis hijas tampoco les gustaba el hotel al principio, una vez sorprendí a una de ellas con una caja de cerillas intentando prenderle fuego y…tuve que corregirla (correct her). Luego mi mujer intervino también…y tuve que corregirla igualmente.

El final de la película, con el plano de la foto enmarcada en la que se ve a Nicholson vestido de etiqueta en una fiesta en el hotel durante 1921, no sería, como clamaban algunos, una boutade gratuita para darle empaque a la cinta y obligar a los espectadores a salir del cine meneando la cabeza, sino que conecta con la teoría física de la inexistencia del tiempo, o la existencia de un único tiempo estático y no lineal (el tiempo como ilusión), algo que ya le había mencionado Grady al protagonista en la citada escena del cuarto de baño: “usted es y siempre ha sido el vigilante del hotel…lo sé porque yo siempre he estado aquí”.

La gran broma kubrickiana, y uno de sus mejores chistes, acontece también en otro final, el de 2001. Bowman llega a la habitación estilo Luis XVI que la inteligencia extraterrestre, que va desperdigando monolitos por el universo a modo de pistas/saltos evolutivos, le ha colocado para que su aterrizaje y estancia sea lo más cómoda y lo menos traumática posible. Pero el espectador se pregunta, ¿por qué un salón Luis XVI si estamos en el año 2001? El mejor chiste de Kubrick-Clarke probablemente se encuentre oculto en su obra más ‘seria’ y prestigiosa: los alienígenas nos esperaban allí dos siglos antes, siglos que perdimos enzarzados en nuestras guerras y estupideces; después de todo, siempre fuimos una manada de monos armados.

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