Decir adiós

adastratrailer

Ad Astra (James Gray, 2019)

James Gray ha vuelto, y estamos tentados de decir que lo ha hecho con una elipsis, implícita e invisible, casi tan poderosa como la de Stanley Kubrick en 2001: A Space odissey (1968). El hueso lanzado por el padre e hijo protagonistas de la aventura colonial, sita en la Amazonia y fechada a principios del siglo XX, de su predecesora The Lost city of Z (2016), ha aterrizado, algunos siglos después, en el lejano planeta Neptuno. El lazo, tanto afectivo como cinematográfico, no sólo relaciona ambas películas, potenciando su lectura a la vez que mejorándola, sino que también dice mucho de la seriedad y la coherencia con las que Gray parece estar construyendo su carrera.

Aunque el hueso es el mismo (la sed  de descubrimiento, de conocimiento y de contacto con otros seres, pueblos, civilizaciones y culturas), el protagonismo se ha invertido, recayendo esta vez en el hijo y en el, aún abierto, conflicto con la figura de un padre, venerado pionero espacial, permanentemente ausente, y desaparecido en misteriosas circunstancias en las proximidades de la órbita de Neptuno al mando de un proyecto espacial en busca de formas de vida extraterrestres.

¿Cómo situarse pues ante una película como Ad Astra que toma la forma del film de ciencia-ficción y de aventura (nótese el deliberado uso del singular) para en realidad trazar un viaje interior de autodescubrimiento y liberación? Estamos, y creo que es importante reseñarlo, ante el film más caro hasta el momento, y con enorme diferencia, en la carrera de James Gray como cineasta. Los cerca de 100 millones de dólares de coste de su producción lo sitúan en una órbita cercana a otro tipo de obras en las que, por lo general, hay que pelear en demasiados frentes, los suficientes como para que, salvo excepciones, acaben distrayendo o interfiriendo en los objetivos que se había trazado su autor al iniciar el proyecto. La presencia de su actor protagonista (una de las últimas estrellas que le quedan al Hollywood actual) en labores de productor añade, en teoría, aún más complicación al asunto, aunque en la práctica, y visto el resultado final, la presencia de alguien como Brad Pitt (y el partido que Gray, apoyado en una potente voz en off, ha sabido sacarle tanto a su habitual hermetismo y bloqueo emocional, como a su necesidad de redención artística, e intuimos que también personal), se revele a la postre como una de las más poderosas fuerzas motrices de la cinta. Y todo ello se sobrepone a un exceso de psicología o a esos postizos flashbacks que aparecieron en The Immigrant (2013), supuestamente poéticos, que han acabado convirtiéndose en clichés de cierto cine contemporáneo y que nos recuerdan al peor Terrence Malick.

De hecho, Ad Astra, como película, como costosa producción cinematográfica, tiene algo quimérico, imposible, de proyecto loco y un poco suicida. Sobrevive en ella algo del viejo, y aún querido, Hollywood -probablemente el de los 70, al que Gray siempre ha mirado- capaz de embarcarse en viajes que, aún con sus astrolabios y sextantes (el género de la ciencia-ficción, el reclamo de Brad Pitt, ciertas facilidades o concesiones argumentales, etc.), heredan los impulsos de aquellas carabelas capaces de soltar amarras, desplegar sus velas y, capitaneadas por un obsesivo visionario, alejarse de las rutas conocidas adentrándose en aguas no cartografiadas. Ad Astra es un poco hija, por ejemplo, de Heaven’s gate (1980), One from the heart (1982) y Apocalypse now (1979), destila algo de ese mismo veneno para la taquilla (independientemente de que luego, por felices azares y confusiones varias, pueda acabar, como en el caso de Apocalypse now o de 2001, convertida en un inesperado éxito de público), de esa voluntad de no ser del todo lo que parece, de esa resistencia a gustar a toda costa y a cualquier precio, algo que podríamos definir como integridad artística.

Y al lado del último Gray, las recientes andanzas espaciales de Cuarón, Nolan, Scott o Chazelle se nos aparecen ahora como juguetitos de plástico, incapaces de colonizar con verosimilitud la galaxia (la política y la sociedad están en los creíbles retratos de La Luna o Marte que nos muestra Gray) o de detener el espectáculo para fascinarse con lo asombroso (una mano enfundada en un guante espacial acariciando el polvo lunar; la bóveda estelar al adentrarse en la cara oculta de la luna; la aparición de lo inaudito en una misión de rescate a una nave varada en el espacio). E incluso en la parte puramente técnica, espectacular, donde el director intimista podría estar en desventaja, Gray tiene dos o tres secuencias que deberían sonrojar a esos reconocidos hacedores de taquillazos y ganadores de estatuillas: una con la que abre la película, y otra el homenaje que hace al western, y a sus maestros (Ford, Hawks, Walsh, Wellman, Hathaway, Mann, Daves, Boetticher, Peckinpah, Leone, Eastwood), en esa emboscada lunar para la historia de los dos géneros.

Ha sido citado varias veces, sin serlo explícitamente, Francis Ford Coppola, no es la primera vez que se nos viene a la memoria cuando analizamos el cine de James Gray. Aquí también vuelve a aparecer el cineasta de Detroit en ese largo y peligroso viaje a la búsqueda de un mito al que vestir con la encarnadura del hombre, tránsito doloroso de la infancia a la adultez donde el ideal se suele topar trágicamente con la dura realidad. La figura en penumbra del progenitor (soberbiamente encarnado por Tommy Lee Jones, al que acompaña Donald Sutherland en un papelito; eternos space cowboys eastwoodianos), reaparece intermitentemente, un poco como el iluminado Coronel Kurtz al que diera vida Marlon Brando, en inquietantes grabaciones digitales y en imágenes difusas, que redoblan la perturbación, que multiplican las zonas de sombra. Por momentos llegamos a intuir que, como en Apocalypse now, se trata de matar al padre y ocupar su lugar.

Pero llegados al último acto, Gray nos tiene reservado otro de esos grandes finales que son moneda habitual en su cine. El reencuentro padre-hijo es de una extrema complejidad dramática y emocional, y la secuencia escapa, como toda buena película lo hace, a su esperado destino. Nuestras expectativas más previsibles resultaron equivocadas: aquí no se trata, como adelantábamos, de matar al padre para convertirse en una versión empequeñecida de él, sino que nos adentramos en un territorio que tiene que ver más con la fuerza de la sangre, con las raíces, con la permanencia y el arraigo, temas que en mayor o menor medida recorren todo el cine de Gray. El protagonista ya no se va a encontrar con el mito sino con el hombre y el tiempo, también con su propia emotividad más primaria, más umbilical, y varias imágenes refuerzan el vínculo de esa unión primigenia, fetal.

El mito, devenido en asesino obsesionado por su causa, es ahora un viejo con cataratas al que incluso hay que ayudar a ponerse el traje espacial, un anciano desvalido que probablemente habría aceptado por hijo a cualquiera que se hubiera presentado en la nave diciendo que lo era, pero todavía capaz de apuñalar con verdades inaceptadas («tu madre y tú nunca me importasteis»), y al que aún hay que salvar, incluso obsesiva e irracionalmente, sabiendo el más que probable final que le aguardaría en La Tierra. El protagonista se niega con tozudez a abrazar su abandono, parece dispuesto a perecer antes que a enfrentarlo, es casi un trasunto del propio Gray, hijo cinematográfico de la generación de los 70, que se resiste a ser un huérfano entre tantos cineastas sin conocido padre cinematográfico en el Hollywood actual.

Y había que llegar al final del camino, hasta el remoto Neptuno, para descubrir el sentido último del viaje, la naturaleza de la profunda herida interior. El astronauta encarnado por Pitt tendrá que aceptar la vejez y la muerte de un ya agotado y cuasi demente progenitor (también su deseo de morir, de desaparecer por completo), soltarse, dejarlo marchar, asumir el sentimiento de orfandad y soledad frente a la inmensidad del universo, en una despedida filmada en un estilo sobrio y conciso, con las estrellas como colosal telón de fondo. Y luego, sobrevivir a eso, renacer a partir de ahí, pero esa ya es otra historia, cuyo comienzo nos es narrado por Gray de manera tan sorprendente como increíblemente asertiva y obstinada.

El viento nos llevará

OnceUponaTimeinHollywoodMusso&Frank

Once upon a time… in Hollywood (Quentin Tarantino, 2019)

¿Qué se puede esperar de un enfant terrible cuando envejece? En principio nada bueno, pero como poco, confiamos en poder seguir agradeciéndole su capacidad para recordarnos lo aburridos y estirados (de jóvenes, y no digamos ya de viejos) que siempre fuimos. Todo eso, además de no tomarse nada en serio el caro -y, ¡oooohhhh!, artístico- juguete que tiene entre manos, puede que nos acabe dibujando una alargada sonrisa de anticipación en el rostro. En efecto, con Tarantino sabemos con absoluta certeza que se va a jugar y que, si nos gusta jugar y aún tenemos redención posible, nos vamos a divertir un rato.

Once upon a time… in Hollywood es una curiosa, y por momentos enternecedora (casi como esos maravillosos fellinis tardíos), pièce de résistence. Tarantino aprieta los dientes y resiste con obstinación entre las brumas de una memoria bastarda que se funde con el deseo del niño grande envejecido que mezcla el recuerdo con la pura invención nostálgica, gamberra, loca, romántica. Tarantino, como Fellini, como Coppola en One from the heart  (1982), nos lleva a un universo que sólo existe en su cabeza, en este caso, a un Hollywood absolutamente irreal que bien podría haber sido recreado enteramente en estudio para subrayar aún más su pátina de artificio y representación, de pura ensoñación.

El carácter episódico y, salvo al final, totalmente intranscendente, de las andanzas de sus dos aventureros de medio pelo (el lumpenproletariado de Hollywood), evita obstinadamente el centro del escenario para adentrase en las callejuelas de la historia, en las alcantarillas del mito, sin necesitar hacer hincapié en la sordidez de la decadencia de las estrellas, lo cual siempre es de agradecer. Tarantino se gasta un dineral (y casi tres horas de película) para casi ‘no contarnos nada importante’, excepto los tiempos muertos de la vida (esos por los que siempre se escapa y donde siempre se esconde), esas pequeñas anécdotas intrascendentes, y en no pocos casos estúpidas, que pondrán de los nervios a los que se siguen tomando demasiado en serio el cine, la autoría del gran cineasta, Hollywood, la vida, etc.

No, en Once upon a time… in Hollywood no hay ningún gran retrato del Hollywood dorado (o barnizado), tampoco del paso del viejo Hollywood al nuevo, de la decadencia de tal o cual star, de la vida privada de Roman Polanski y Sharon Tate, no, no hay sociología ni toneladas de psicología… ¡qué decepción para algun@s (jajaja)! Sin embargo, si se la mira con atención, pasan, muy despacito y de puntillas, algunas cosas, siempre muy hermosas de ver y escuchar, por ejemplo, asistir a cómo Tarantino, que se hace mayor, comienza a filmar a las mujeres jóvenes como un padre, como si esperara de estas alguna especie de redención para sus protagonistas, como si su simple cercanía pudiera contagiarlos a ellos de juventud, de belleza, de pureza, de esperanza, de ilusión; nunca antes la pulsión sexual estuvo tan ausente en su cine. Ese rayo invisible, casi imposible de filmar, esa transferencia, ese nacimiento de un anhelo que se creía muerto, está ahí, desafiante, orgulloso, altivo, incólume, entre los cubos de basura de esa belleza/fealdad de usar y tirar con la que siempre le gustó a Hollywood mercadear y manosear.

Y si Once upon a time… in Hollywood no resulta tan poderosamente genial como las otras grandes obras maestras de Tarantino (Death proof  y Kill Bill: Vol. 1) es precisamente porque con la frenada, su última película pierde esa colosal energía cinética que mantenía a los títulos citados en una apasionante carrera suicida (no tan alejada de la de, por ejemplo, Two-lane blacktop de Monte Hellman) en permanente estado de combustión, de aceleración, de manifestación de las posibilidades del cinematógrafo para registrar no sólo el movimiento sino también la trepidación (interna y externa), fuera esta en una interminable serie de duelos de katanas o en la tensión de los brazos de una especialista-actriz agarrada, sin trampa ni cartón, al capó de un coche camino al infierno. El gesto está ahí, Kurt Russell (o Charles Manson) sigue mirando a cámara, sonriendo y guiñándonos un ojo, anunciándonos a los espectadores que la matará, pero Tarantino parece estar ya en otra cosa, en otro momento, ahora quiere salvar a sus chicas (ya lo hacía un poco en la segunda parte de Death proof), como si fuera consciente de que salvándolas a ellas se salva también él, como si, a través de esa varita mágica que es el cine, pudiera reescribir la historia para darnos una segunda oportunidad a todos de recuperar lo que perdimos, que no fue precisamente poco.

Pero aún quedan destellos de esa increíble fuerza cinética en Once upon a time… in Hollywood (que deja escapar vivo el último tercer acto, envidia del magistral ejercicio desplegado en Inglourious basterds), son pocos, pero perduran en la asombrosa filmación de un paseo en coche descapotable, al atardecer, por las colinas de Hollywood, donde se siente el viento en la cara y la fascinación de habitar un sueño; o en una cabalgada por el simple placer de filmar el movimiento del caballo y ver cómo recorre x espacio en x tiempo/s (la rueda en varios planos) sin que ello aporte absolutamente nada (¡bendita sea!) a la trama argumental. También en la frenada, en cómo Tarantino detiene el tiempo, hay algunas pepitas de oro, por ejemplo, al ver a Pitt subido a un tejado, parándose en medio de una acción, a mirar, a pensar, a quitarse la camiseta, a detener el relato en ese instante único que nunca más se repetirá.

Y luego está la diversión, las bromas, los chistes privados entre amigos (sean en la trama de la película, en la propia filmación o con la complicidad de los espectadores, como buen cineasta posmoderno). La película los tiene hilarantes, sean a costa de Jack Nicholson, el cartel de The Shining (1980) o su estilo interpretativo; de una confusión padre-hijo con Di Caprio, Pitt y Pacino; de una comida para perros con sabor a mapache o a rata; de Sam Wanamaker; de Dennis Hooper y Easy rider (1969); de la presentaciones fumadoras de Rod Serling en The Twilight zone; o de algunas miserables series de televisión que se degustaban, las más de las veces, desde fuera, en la intimidad, con un colega, una cerveza y una buena ristra de carcajadas ante la certidumbre de la mierda en la que se estaba trabajando y viviendo; y las menos, desde dentro, con tan sólo una niña, actriz, y futuro juguete roto, precoz, como único testigo de la amarga desesperación por nuestra imparable decadencia artística y vital.

Terrible pérdida

vlcsnap-2019-08-30-18h30m07s180vlcsnap-2019-08-30-18h26m30s81

Blue black permanent (Margaret Tait, 1992)

¿Cómo hablar a estas alturas de lo que debió haberse hablado hace tanto tiempo? ¿Cómo escribir ahora sobre una cineasta como Margaret Tait cuando nos dejamos seducir durante décadas por tantos engolados y altisonantes plastas? ¿Cómo devolverle a la mirada la evocación de esa pureza e inocencia robadas en pos del espectáculo, del negocio, del ego? ¿Cómo acercarse a un enigma preservando su naturaleza esencial que forzosamente escapará a la morbosa curiosidad del espectador? En fin, ¿cómo filmar sin utilizar esa invisible violencia con la que se manipula el pensamiento de la audiencia y que cautiva al crítico entusiasmado con la retórica del gran artista?

Podríamos hacernos muchas más preguntas de parecida índole y quedarían inteligente y delicadamente respondidas tras el visionado de una película como Blue black permanent, único largometraje de la cineasta y poeta escocesa Margaret Tait, filmado a sus setenta y tres años. Sobre ella se podría decir mucho, pero más vale que nos preguntemos también por qué se ha escrito, visto y hablado de ella bastante menos que de otras decenas de muermos que copan las, habitualmente, conservadoras y reaccionarias historias del cine. Se me ocurren rápidamente cuatro razones: la primera que no es norteamericana o francesa (pertenece a la periferia del cine, por ejemplo Escocia), la segunda obviamente que es mujer (segunda exclusión y segunda periferia), la tercera que es una advenediza proveniente de otro medio (en este caso la poesía, y ya sabemos, véanse los casos Duras, Guitry, Pagnol, etc., cómo la crítica generalmente ha tratado a los profesionales de otras artes que se han aproximado al cine) y la cuarta que se la ha incluido dentro del cine experimental, exclusión y periferia definitivas; cuando si me pongo a reflexionar sobre su obra, de importante mirada documental, puedo legítimamente preguntarme por qué ella sí es una cineasta experimental y Johan Van der Keuken o Chris Marker no lo son, salvo que ciertas etiquetas se usan en determinados ámbitos (dispensadores de prestigio y custodios de la esencias artísticas que se velan celosamente evitando contaminaciones indeseadas) para ocultar y excluir más que para visibilizar, difundir e hibridar.

Continuemos con otra gran pregunta: ¿qué es una madre? Atrevámonos a responder esquivando las elementales verdades universales: básicamente un enigma, la conexión primera del no ser con el ser, el vehículo que permite la aparición en el mundo físico de un ser vivo y su primer contacto con este. Ese papel de sacerdotisa, de mediadora entre lo que aún no es, o sólo es una promesa, una potencialidad, y su materialización definitiva, la colocan a ella misma entre dos mundos: el de las tinieblas (muerte) y el de la luz (vida). Si todo esto no fuera suficiente para señalar su condición de enigma indescifrable, perturbador, cautivador, está también el hecho de que ese ser con el que el hijo ha mantenido durante nueve meses una unidad absoluta posee una vida propia totalmente ajena a él, existencia anterior a la aparición de este y también en su relación con otros (entre ellos el padre), que le aportan zonas oscuras, misteriosas, indescifrables para la construcción mental que sobre su persona se irá fabricando el nuevo ser gestado en su útero y expulsado violentamente al mundo.

Blue black permanent (recientemente restaurada y editada en HD por el British Film Institute) es una de las mejores películas, si no la mejor, a la hora de buscar una forma cinematográfica nueva para acercarse a ese enigma, preservándolo, respetándolo en su intimidad, en su fragilidad. La madre de la película, hermana de la lluvia y la tormenta, pertenece a otro tiempo, a otro mundo, sí, también a otro cine y Tait así lo asume mostrando el contraste entre el feo presente y la evocación/invención del pasado. La madre doliente, melancólica, ausente y presente se convierte así en figura acuática, reclamada, como en los mejores Epstein, por el océano, desde los brillantes primeros planos de la película (que nos remiten casi a un parto, a un nacimiento con la excusa de un día de playa y el juego de miradas entre una niña que está aprendiendo a nadar y su madre que la observa atenta, anticipando la ruptura, la separación) hasta su desaparición final, tan misteriosa como la de su propia madre, abuela de la protagonista-evocadora. Tres generaciones de mujeres que portan la misma herida, que acunan similar anhelo, que cantan al folclore antiguo, como escribía el amigo Alfonso Crespo a propósito del cine de Tait, y maridan lo bello con lo fantástico mientras los chicos vociferan y juegan al balón.

La memoria cae como una cascada y Tait hace filigranas con el tiempo, tejiendo su fina telaraña de recuerdos en la mágica secuencia de la visita con el abuelo a los acantilados, donde se encuentra la piscina de la sirena, y en la que dos duetos de voces en off se suceden progresivamente: la de la madre evocando la escena con el padre y la de la propia hija, sobre un recuerdo que no es suyo y sólo conoce de oídas, con su pareja. Los juegos de miradas, y sus rimas mentales, afectivas y temporales (en el mismo plano, en el mismo tiempo), son también prodigiosos: el padre enfermo maravillado ante la hija que le prepara el desayuno adivinando todos los gestos de ella que le recuerdan a su difunta esposa; el poeta amigo de la madre contemplando en la hija-narradora-evocadora todos los rasgos que le hacen recordar a su vieja y querida amiga muerta exhalando un patético «such a loss!!!»

Los aterradores y premonitorios sueños (la inconsciente certeza de la fatalidad) son también de otro universo, de otro cine, pertenecen a un tipo diferente de invención (¿Nelson? ¿Mulvay?), hermana de formas primitivas, de invocados arcanos, tan cercanos de la ilusión, siempre prestos a saltar en un segundo del juego a la amenaza, de lo risible a lo desolador, de lo que anhelamos ver a lo que nunca debimos ver.

Hay algo que constantemente se nos escapa, nos evade (y evade a todos los que la rodean) en la figura de la madre de la película, algo inasible, indescifrable, que tira de ella y la arrebata con mucha más fuerza que lo que la ancla y retiene. Tait respeta el misterio, no lo fuerza, no intenta penetrar con violencia donde no debe: nadie nos leerá la carta que dejó sobre su mesa de escritura antes de yacer muerta en el mar. Tampoco nadie, salvo su amigo pintor, probablemente lo más parecido a un alma gemela, parece estar demasiado interesado por sus cuadernos de escritura y su obra como poeta. Tal vez sea mejor así, como las raras florecillas violetas que sólo crecen en algunas recónditas montañas de Escocia, su exposición, trasplantándolas a otro entorno, resultaría mortalmente infructuosa.