Amor, muerte y transfiguración

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High life (Claire Denis, 2018)

Un hombre y una niña, un hombre y su hija solos en el espacio por el resto de sus vidas, nada más y nada menos. ¿Es suficiente para hacer una gran y hermosa película? Rotundamente sí. ¿Le dejarán a Claire Denis hacerla? ¿Podría… se atrevería, se daría permiso a sí misma para hacerla? Antes incluso de que empiecen a rodar las imágenes no puedo evitar pensar en las respuestas: no a la primera pregunta y sí a las segundas.

Hay al menos dos películas en High life, la que es y la que podría haber sido, el esbozo de la (gran) obra -y que es imposible no ver, no admirar, no anhelar al contemplar su primera parte- y el resultado final que terminamos viendo y que nos parece, globalmente, bastante menos apasionante y arriesgado.

Claire lo tenía muy claro desde el principio, bastaba con coger a uno de esos hombres solitarios que llenan su cine, esos que no hacen perder el tiempo prometiendo cosas que luego no cumplen, que nunca hablan de más, que siempre respaldan con actos sus (pocas) palabras, que saben mirar, escuchar y acompañar y que, por supuesto, terminarán quebrantados y muertos cuando tengan que enfrentarse a esa parte esencial, y oculta, suya que se niegan a reconocer y que, quién sabe, podría llevarlos a un nuevo horizonte vital. Repito, bastaba con coger a ese hombre tan ligado al cine de Claire Denis, tan auténtica e insobornablemente suyo, y colocarle esta vez a una niña pequeña en sus brazos para que el plano vibrara cargado de emoción, de tensión, de hondura.

Como Claire Denis siempre ha sido una mujer muy inteligente y sensible (y también maravillosamente dura y audaz), su protagonista masculino tenía, de nuevo, que vivir el drama de un conflicto interior, de una pulsión amenazante, lacerante, contra la que debatirse en silencio, tal vez incluso equivocadamente. Hay muchos ejemplos de esto mismo recorriendo su cine: un Vincent Gallo caníbal lucha denodadamente por hacer el amor y no devorar a su pareja en Trouble every day (2001); Vincent Lindon no sabe si utilizarla para ejecutar su venganza o enamorarse perdidamente de Chiara Mastroianni en Les Salauds (2013); Alex Descas es el padre feliz -a lo Ozu- que entrega su hija a su prometido pero también es el padre celoso de ese otro hombre joven que a partir de ahora vivirá con ella en 35 Rhums (2008); y Denis Lavant, en un inolvidable duelo de miradas, no sabe si golpear o besar a Grégoire Colin en Beau travail (1999), o mejor aún, quiere golpearlo e incluso matarlo porque desea furiosamente besarlo y no puede, es más, ni tan siquiera se permite confesárselo a sí mismo. Toda esta pequeña muestra, esta galería de intensos movimientos sísmicos del alma masculina, tiene una genial plasmación cinematográfica en el abrazo de los legionarios de Beau travail, intenso pero breve, debe ser forzosamente -y forzadamente- breve porque si durara demasiado podrían despertarse sensibilidades adormecidas, desatendidas y, con ellas, comenzarían a pasar cosas que dan vértigo, que asustan; podrían producirse derivas, cambios, mutaciones, transfiguraciones, eso que siempre suele dar tanto miedo al hombre porque se identifica como esencialmente femenino.

En High life, un excelente Robert Pattinson está solo en el universo y ante la eternidad con su hija, y recalco, hija, que no hijo, lo cual no es argumentalmente accidental ni un asunto menor. Por si había alguna duda de su trascendencia, Claire Denis nos lo señala con uno de los planos más valientes, y necesarios, de los últimos años: un inserto de un primer plano del sexo del bebé (el origen del mundo) que estoy seguro que como cineasta habrá luchado mucho por mantener en el montaje final.

Pero de repente, en plena magia, la película se rompe, nuestro romance con ella se interrumpe también, y no sólo el nuestro, también la preciosa química que comparten en pantalla Robert Pattinson y la niña bebé (Scarlett Lindsey), al desaparecer ellos juntos y todo lo invisible/visible tan potente que emanaba de la unión en el mismo plano entre el Robert Pattinson hombre y padre y un bebé que obviamente no es una actriz. A partir de aquí (ya lo habíamos anticipado cuando vimos a Pattinson lanzando lastre por la escotilla) empieza una película de ciencia-ficción (Stalker y Solaris por aquí, Claire Denis por allá, Silent running y algo de sucia cacharrería por acullá…) más o menos correcta, más o menos inspirada, más o menos personal, más o menos convencional: la autopista está bien asfaltada, las farolas encendidas, las señales indicativas visibles y todo se ajusta al guion; queda bien clarito que como espectadores vamos a llegar sanos, salvos y sin retraso a nuestro destino en este tour por el universo Claire Denis llevado al género fantástico, pero ¡ay! Ese arranque sublime, esa promesa maravillosa y libre…

Cuando lo dábamos casi todo por perdido, Pattinson y la niña vuelven, ahora ella ya no es una niña sino una adolescente encarnada por la actriz Jessie Ross. El bloque argumental central (en realidad un largo y explicativo flashback donde conoceremos el pasado de los protagonistas y el ya anticipado trágico destino de la tripulación), que ha devorado tres cuartas partes de la película, le ha servido a la directora para sortear elípticamente el paso del tiempo sin recurrir al típico cliché cinematográfico, dejando claro, a la vez, donde está la película que le interesa, que es con la que empezó y con la que va a acabar: el padre y la hija solos en el espacio enfrentados a su destino. El film implosiona ahí en silencio, con tremenda fuerza; todo lo que ya habíamos visto se nos viene con furia de nuevo a la retina: Pattinson mirando absorto la llave inglesa que, mientras realiza una reparación, se le escapa de las manos y se pierde en caída libre en el espacio (la conciencia de su propia fragilidad y la entera dependencia de la vida de su niña de la suya); Pattinson repitiéndole a su hija bebé la palabra “tabú”; Pattinson enfadado, echando de su cama a su hija ya adolescente que, como cuando todavía era una niña, sigue yendo en medio de la noche a dormir con él; Pattinson mirando la mancha de sangre que el período de su hija le ha dejado en sus sábanas.

Mientras volvía a pensar en esas imágenes, Claire Denis nos coloca, como respuesta a la pregunta de Robert Pattinson a su hija de si está lista, un plano de Jessie Ross que parece resplandecer con una mirada rebosante de felicidad, y que contrasta con todas las anteriores, anhelantes, suplicantes y demandantes, de la joven a su padre; ahora, la actriz aparece ligera, pero notoriamente maquillada, y Claire la filma de tal manera que ya no parece una niña sino una mujer confiada, decidida y segura de su futuro. De pronto, subvirtiendo nuestras más arraigadas normas morales, la implícita transgresión del tabú del incesto en ese arca de Noé espacial se nos revela como un postrero regalo de vida de un padre a su hija (y también de ella a él, por ayudar tal vez por primera vez a un hombre en el cine de Claire Denis a desidentificarse, transfigurarse, devenir en otra cosa, poder bailar libre y lleno de gozo por aceptar ser lo que realmente es -en este caso un cuidador y un proveedor de semen hasta sus últimas consecuencias- sin necesitar morir para ello), como la única forma de evitarle la soledad y la locura cuando él ya no pueda seguir a su lado. El último, y trascendental, viaje de la pareja hacia ese nuevo horizonte amarillo y brillante que rasga el universo, obra del artista Olafur Eliasson, ejemplifica con delicadeza lo mucho que Claire Denis es capaz de sugerir, y ocultar, con tan poco, los profundos océanos que es capaz de depositar en una lágrima o en el pulso de una arteria.

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A nuestros amores

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Dolor y gloria (Pedro Almodóvar, 2019)

¿Qué esperamos de un film sobre la memoria íntima cuando nos encaminamos hacia el final de nuestra vida? ¿Qué le pedimos a un film que intenta convocar nuestros más queridos, y llorados, fantasmas? Como escribía Serge Bozon, a propósito de las películas de Adolpho Arrietta, para empezar una puesta en rumor más que una puesta en escena. Añadamos también una puesta en rumor líquida, algo parecido a esa forma en la que las olas barren una playa, así van y vienen los recuerdos, en suaves y cálidas oleadas justo antes de que nos atrape el sueño u otras sustancias que inducen a él.

La primera imagen de Dolor y gloria es líquida, acuática, submarina (¡esa cicatriz![1]), tiene algo de ese grado cero que hermana el nacimiento y la muerte, también del líquido amniótico y de, cómo no, el final de todo viaje, ese último anhelo: la vuelta al útero, a la madre; el renacer en la memoria de la infancia y del primer deseo.

Va y viene (nos acordamos aquí del testamento del gran João César Monteiro), así funciona en el cine almodovariano esa puesta en rumor que nos intenta conectar con las imágenes primordiales de nuestra niñez desde el presente a través de un delicado trabajo de inmersión. El doloroso presente nos permite, paradójicamente, esos deslizamientos, temporalmente regresivos, en los que Pedro Almodóvar (como en La Piel que habito, como en La Mala educación) siempre demostró una infinita delicadeza en el corte, en el tránsito invisible entre esos dos tiempos que dialogan en un murmullo apenas audible. Por otra parte, esa memoria más íntima, más misteriosa -también más impúdica- casi siempre remite a secretos inconfesables, a recuerdos imborrables, a heridas incurables, de frágil e incierta representación que buscan el imposible reencuentro con el fantasma y que, en su imposibilidad, reconstruyen mediante la ficción un quimérico doble al que culpar, al que llorar, al que abrazar, al que pedir perdón. Y eso Almodóvar lo sabe muy bien, por eso en Dolor y gloria, como sólo al final se revelará para todos aquellos que van al cine y no leen las imágenes (quienes sí lo hacen lo habrán descubierto mucho antes), los flashbacks de la infancia del protagonista no son tales flashbacks, todo es representación, todo es mentira (¡¡¡pero qué mentira!!! Tan bella, tan emocionante… tan verdadera), todo es puro cine.

Durante las próximas semanas se leerá hasta el hartazgo lo bien que Banderas imita a Almodóvar, los parecidos razonables entre tal o cual personaje de la cinta y tal o cual actor con el que trabajó el director de La Ley del deseo (1987), o lo sinceramente que la película desnuda el alma de su autor, olvidando todo lo que en ella hay de universal, desatendiendo esa corriente subterránea que le insufla aliento y que, en mayor o menor medida, nos incluye a todos/as. En efecto, si repasamos los fantasmas almodovarianos que se aparecen en la cinta convendremos en que también son (o podrían ser) los suyos, querido lector y querida lectora, en que también son (o podrían ser) los míos: este amigo ausente, aquel amor perdido, el primer deseo, el cuerpo enfermo, la madre muerta y la profesión/vocación (que no es sólo una profesión y que es mucho más que una profesión) forzosamente abandonada o prostituida. Sí, es la hora oscura de la amargura, la hora en la que se aparecen los fantasmas, pero también es, al fin, la hora lúcida de ponerse en paz con el otro, con uno mismo, aunque sea a través de un intermediario: el cinematógrafo.

Es difícil encontrar una película en la carrera de Almodóvar tan absoluta y esencialmente cinematográfica como esta. El cine se siente aquí en cada plano, duele en cada plano -duele su ausencia y duele su presencia-, por eso nos conmueven tanto esas afinidades electivas que, especialmente cuando se dan entre iguales, producen un plácido consuelo: están, además de los y las explícitamente citados/as (Kazan, Hathaway, Martel, Monroe, Wood…), las estructuras alambicadas, de muñecas rusas, de Brian de Palma travestidas de melodrama (los tres niveles de representación de la madre: la real en las fotos de la mesilla de noche, Julieta Serrano en la ficción y Penélope Cruz en la ficción dentro de la ficción); están Saul Bass y Alfred Hitchcock en el sorprendente diseño gráfico del cuerpo doliente, obstinado saboteador que nos mantiene vivos y que, al mismo tiempo, con sus padecimientos nos aleja de la vida; está el Terence Davies de The Long day closes (1992) en la recreación del nacimiento del primer deseo y en la relación del niño con la madre; está el Nanni Moretti de Mia Madre (2015) en los recuerdos de los últimos días de la madre enferma; está el Paul Thomas Anderson de The Master (2012) en la flotante y delicada inmersión/regresión en el pasado; está incluso el Richard Linklater de Before sunset (2004) en la llamada al ser amado desde la distancia, desde el arte, esperando que tal vez el azar permita que la confesión pública, en forma de mensaje en una botella lanzado al océano, llegue a sus oídos y le haga volver para compartir una última mirada emocionada, un último beso.

Es precisamente el fantasma del amor perdido y reencontrado, encarnado por Leonardo Sbaraglia, quien le permite a Almodóvar llegar más lejos o, increíblemente, le muestra un camino que lo conecta con la nouvelle vague, o más concretamente con la posnouvelle vague: el plano nocturno de Sbaraglia, abajo, en la calle desierta, al otro lado del teléfono, es literalmente alucinante, es de otro tiempo, es una epifanía arrebatada al mundo del anhelo y puesta en rumor de manera mágica ante los asombrados ojos del espectador(a) que, como el personaje de Banderas, aún sigue en duermevela. De pronto, casi sin previo aviso, Almodóvar se nos confiesa, como Eustache, como Garrel, como Pialat, y lo hace también como viejo amante atormentado y como fils roto, convertido ya en ciné-fils salvado por el cine, ese cine al que tanto amó, y lloró, al que tanto añoró y al que tanto debe: nada más y nada menos que poder decirle a sus hoy ya fantasmas (como hacía Pialat en Nous ne vieillirons pas ensemble), como un lamento, como una plegaria, todo lo que no supo ni pudo cuando los tuvo a su lado.


  1. Nótese que tras un plano entero de Antonio Banderas sumergido en la piscina, Almodóvar corta a un inserto de un plano detalle de un cuerpo sobre el que la cámara panoramiza verticalmente para mostrarnos una larga cicatriz que lo surca, parece que, desde su pecho hasta su vientre; pero al volver de nuevo al mismo plano de Banderas observamos que Almodóvar ha omitido esa cicatriz. El abrupto salto del plano entero al plano detalle, y el tiempo que la cámara se detiene recorriendo la cicatriz, nos da la medida de su importancia y nos indica que su omisión sobre el cuerpo del actor no es un olvido sino una decisión deliberada. ¿A quién pertenece pues el cuerpo del inserto que muestra la verdadera cicatriz que el actor no puede/debe llevar y cuyo portador no puede/debe mostrarse sino es mediante la máscara del actor? Creo que todos(as) sabemos la respuesta, pero esa ya es otra historia.