Los canallas y sus cómplices

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Les Salauds (2013) mantiene -la palabra recuperar sería aquí inútil, porque Claire Denis nunca perdió ninguno de los atributos de su cine- las constantes que han hecho de ella una cineasta excepcional. La película, de filiación insobornablemente marxista, es un filme noir que se articula en torno a una búsqueda/rescate, pero que finalmente trae a la superficie la genealogía de la traición, del colaboracionismo, de la prostitución -ideológica y moral, pero también literal- de una familia y con ella de toda una clase social. Aquí los bastardos del título son los potentados que manejan los hilos -desde los focos o tras las bambalinas, desde los titulares o entre las sombras- de nuestros decadentes gobiernos, maravillosamente encarnados en la figura de un, como siempre, inconmensurable Michel Subor (que sin el componente político podría pasar por cualquiera de las terroríficas figuras que aparecen en el cine de David Lynch), alguien capaz igualmente de quedarse con tu casa como de sodomizar a tu hija, e incluso, si se terciara, de comerse tu hígado con una botella de Chianti. Subor añade precisamente ese componente malsano y repugnante -magnífico el plano de su cuerpo pesado, anciano y algo renqueante, introduciéndose desnudo, entre sábanas de seda, al lado de Chiara Mastroianni y pidiéndole que lo masturbe- que convierte al falsamente aséptico, desideologizado y técnico hombre de negocios próspero en un vicioso sin escrúpulos, un sádico patológico y un empobrecedor sistemático del prójimo.

Su personaje mantiene relaciones comerciales con la familia protagonista, a la que facilitó un préstamo, a cambio de ciertas condiciones, para que aquella pudiera seguir manteniendo su fábrica de calzado. Todo esto, que ha ocurrido antes de que arranque el relato, propicia el suicido en off del cabeza de familia y la aparición en estado de shock de su hija, que aparece vagando desnuda por las calles y que al parecer ha sido sometida a una salvaje violación. La madre decide ponerse en contacto con su hermano, capitán de un navío mercante y hombre viajero, desarraigado y expeditivo, que acudirá a París a intentar hacerse cargo de los restos de la familia y, de paso, averiguar qué ha ocurrido realmente y cuáles son las verdaderas relaciones de su familia con el empresario prestamista; para lo cual decidirá instalarse en un apartamento del mismo edificio que habita el magnate, se ganará la confianza del hijo de este, y seducirá a su joven mujer. La aparición de Vincent Lindon emparenta de alguna manera, como muy bien me apuntaba Manuel J. Lombardo, Les Salauds con Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956), sólo que en clave noir, y con una fuerte carga político-social de fondo. Se trata igualmente de una búsqueda, de un intento de rescate de una familia por parte de alguien ausente, que viene de lejos y que lleva tiempo separado de los lazos familiares y los códigos sociales; pero en Denis el final es mucho más pesimista, duro y cruel, precisamente porque le interesa señalar a los verdugos pero también a los traidores que se acuestan y se levantan con ellos y que tal vez hasta se parezcan demasiado a nosotros.

Vincent Lindon, maravilloso ‘cazador solitario’, le ayuda a Claire Denis a poner en escena su romanticismo duro, su admiración por ese tipo de figuras que tienen algo de homérico y de fordiano, pero a diferencia de Ford, y aquí entraría la mirada de una mujer, Claire lo sabe filmar con deseo. De nuevo su cine sensorial -muy apoyado en la música de Tindersticks- y elíptico, se detiene -como ya hacía en Vendredi soir– en las manos grandes y curtidas de Lindon, en sus hombros fuertes, en el sencillo acto de dejar que una camisa se pose sobre su torso desnudo. Denis convoca el deseo y sabe traspasárselo excepcionalmente a Chiara Mastroianni, que en un principio sucumbirá a los encantos de Lindon, pero que finalmente sellará su pacto con el diablo -al igual que antes lo selló la familia protagonista- con una traidora bala que confirma que a los Ethan Edwards de este mundo antimarxista y neoliberal sólo les queda ya la tumba.

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